Mi querida Madame Tourvel

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Le odio. Le odio por no dejarme conciliar el sueño, por cohibir mis sentimientos, por cincelar mis pensamientos, por arrebatarme los cinco sentidos: la belleza deslumbrante y fina de vuestro rostro me quitó la visión; vuestra dulce voz, me privó de los oídos; me inutilizó el olfato vuestro olor a flores recién cortadas; nada me parece digno de tacto después de acariciar vuestra suave piel; y no siento la boca después de daros un beso.
No puedo seguir viviendo en un mundo en el que no pueda amarla, en el que no pueda poseerla cada día, en el que no me levante cada mañana oliendo a vuestro perfume, contemplando su belleza cada día de mi vida.
He conocido a muchas mujeres, pero ninguna que haya trastocado mi mundo como vos. Yo pensaba que el amor no existía, que era pasión. Gracias por hacerme ver que el amor existe.
La muerte es mi única salida, pero seré feliz, recordando el momento en el que me besó por última vez.
Por siempre suyo,
Vizconde de Valmont



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