La contaminación acústica parte 3 y última
Escuchar el problema para poder cambiarlo
Combatir la contaminación acústica no depende únicamente de grandes decisiones políticas o urbanísticas, aunque estas sean fundamentales. También implica un cambio de mentalidad en la forma en la que convivimos y nos relacionamos con el entorno. Aprender a escuchar —no solo los sonidos, sino sus efectos— es el primer paso para tomar conciencia real del problema.
Las administraciones públicas tienen la responsabilidad de establecer y hacer cumplir límites de ruido, mejorar la planificación urbana y proteger especialmente los espacios sensibles como colegios, hospitales y zonas residenciales. Medidas como el control del tráfico, el uso de materiales insonorizantes o la creación de mapas de ruido permiten identificar los puntos críticos y actuar de manera más eficaz.
Sin embargo, ninguna medida será suficiente sin la implicación de la ciudadanía. Respetar el descanso ajeno, evitar ruidos innecesarios y ser conscientes del volumen que generamos forma parte de una convivencia saludable. El ruido excesivo no es solo una molestia puntual, sino una forma de contaminación que deteriora la salud colectiva.
Recuperar el valor del silencio es, en el fondo, recuperar tiempo para pensar, descansar y conectar con uno mismo. En una sociedad cada vez más acelerada y saturada de estímulos, el silencio se convierte en un acto de cuidado personal y social. No se trata de eliminar los sonidos, sino de aprender a convivir con ellos de manera equilibrada.
En conclusión, la contaminación acústica es un problema real, persistente y evitable. Hacerlo visible, hablar de él y actuar con responsabilidad es esencial para mejorar nuestra calidad de vida presente y futura. Cuidar el entorno sonoro es cuidar nuestra salud. El silencio, lejos de ser vacío, es bienestar.



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