Días de Sal y Fuego: Sexto capítulo
📘 Capítulo 6: ¿Qué somos?
Desde la noche de la promesa, algo cambió.
No fue solo la forma en la que Elías me miraba, ni cómo bajaba la voz cuando hablaba conmigo, ni cómo se quedaba en silencio cuando yo entraba en la habitación.
Cambió algo dentro de mí. Como si el mundo antes fuera en blanco y negro… y él fuera color.
Pasábamos más tiempo juntos. Excusas tontas: que si quería aprender a conducir su moto por la urbanización, que si necesitaba ayuda con el wifi, que si mamá y Leo estaban ocupados y "nos tocaba compartir el almuerzo".
Todo eran pretextos.
Todo eran pequeñas formas de estar más cerca.
Todo eran formas de caer sin darnos cuenta.
Una tarde, bajamos juntos a la playa. El sol caía despacio, el mar estaba tranquilo, y yo llevaba puesta una camiseta suya porque me había olvidado la mía.
Él me miró y sonrió sin decir nada.
Nos sentamos sobre una manta en la arena. Silencio. Pero esta vez era cómodo. Como si ya no necesitáramos hablar para entendernos.
—Aitana —dijo de pronto.
—¿Qué?
—¿Tú… sientes que esto está mal?
Mi pecho se encogió.
—¿“Esto”? —pregunté, fingiendo que no entendía. Pero sí. Lo entendía perfectamente.
Él bajó la mirada. Jugueteaba con la arena entre los dedos, como si buscara respuestas.
—Nosotros. Esta… conexión.
Tragué saliva.
—No somos familia, Elías.
—Pero lo parecemos. A los ojos de todos, lo somos.
—¿Y qué? ¿Vamos a vivir para lo que piensen los demás?
Él me miró, lento, con esos ojos oscuros que decían todo lo que él no se atrevía.
—No lo sé. No sé qué somos. No sé qué hacer contigo.
Me acerqué un poco, sin pensar. O tal vez sí pensando… en que quería saber qué pasaba si no escapábamos.
—Yo tampoco sé qué somos. Pero sí sé lo que no quiero: perder esto antes de saber si vale la pena.
Se quedó callado. Muy callado. Y entonces, pasó.
Me besó.
Fue suave al principio, como si preguntara sin palabras si podía. Pero después… fue fuego. Fue rabia. Fue deseo contenido demasiado tiempo.
Y cuando nos separamos, jadeando, con la frente apoyada en la suya, los dos sabíamos que no había vuelta atrás.
—Aitana —susurró—. Lo que siento por ti… me asusta.
—A mí también —le dije—. Pero no quiero dejar de sentirlo.
Nos quedamos ahí, abrazados frente al mar, sabiendo que estábamos cruzando todas las líneas imaginables.
Pero también sabiendo que no nos importaba.



Comentarios