La caja.
Ignoro el tiempo que transcurrió desde que cerré los ojos, con esa tranquilidad que precede al sueño, hasta que los abrí. Recordaba vagamente aquellas voces y cómo el sudor frío había bajado por mi nuca la primera vez que las escuché. No estaban ya en ese sitio, pero aún podía sentir un atisbo de su presencia. Me levanté, enfrentándome a mis entumecidos músculos, y no tardé en deducir que no había estado durmiendo por voluntad propia. Una vez de pie, el miedo me invadió y fui, por fin, consciente de la situación. Estaba en una sala oscura, apenas iluminada por una vela en el centro que proyectaba sombras perturbadoras en torno a mí. Busqué con la mirada una ventana, una puerta, una simple rendija, cualquier oquedad. Incapaz de darme por vencida en mi búsqueda, palpé con las manos las paredes, lisas como la piel de mis mejillas. Y vacías, vacías como mis esperanzas nulas de encontrar la salida. Automáticamente me empezó a faltar el aire. Había sentido lo mismo en ascensores, cubículos, aglomeraciones, en plena oscuridad, incluso cuando cerraba la puerta y la ventana de mi cuarto.
Pero el miedo no había hecho más que empezar.
El estruendo apenas duró un segundo, pero cuando no escuchas más que el silencio, cualquier sonido se graba en tu mente y resuena sin cesar. Lo que sucedió a continuación habría tenido más sentido si hubiera estado acompañado de un ruido; sin embargo, oía el mismo bullicio que en una noche invernal en pleno bosque. Y, tal vez por ese silencio que solo yo podía interrumpir, mi temblor no hacía sino aumentar.
El suelo se mantuvo quieto, así que tardé unos segundos más en presentir qué pasaba. Cuando vi la pared acercarse a mí lo comprendí todo. Estaba encerrada allí, entre cuatro paredes y un techo que menguaban y me robaban el aire que necesitaba para seguir respirando. Mi cuerpo era cada vez más grande respecto a la sala, que me atrapaba entre sus fauces planas. La vela seguía allí, casi consumida. Cuando llegué al punto en que la presión de la pared no me permitía moverme, apagué la llama, aspirando el poco oxígeno que debía de quedar allí y soplándolo sobre esta.
Cuando la oscuridad invadió aquella maldita sala, abrí los ojos. Sin pensarlo, corrí hacia la ventana, la abrí y dejé que la brisa me acariciase la cara.



Comentarios
partysummer - hace más de 10 años
Ohhhh Claustrofobia!!!! Qué bueno!! Qué tensión!!!! Genial como siempre.
un hipster alocado - hace más de 10 años
Lo primero que pensé fue: "¡LA CAJA, LA CAJA!" Y luego me encuentro con que has retratado un sentimiento tan fuerte como el que puede ser la claustrofobia y la angustia de sentirse encerrado, tan bellamente, que bf Stark, molas.
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