¿Y si estamos olvidando demasiado deprisa? (ULSF/Temp.6/Cap.3)

"Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia." — José Saramago
¡Hola a todxs!
¿Qué tal estáis?
Hay fechas que parecen muy lejanas. Fechas que estudiamos en los libros de Historia y que muchas veces creemos que ya no tienen nada que ver con nosotros. Sin embargo, de vez en cuando el presente nos obliga a mirar hacia atrás y preguntarnos si realmente hemos aprendido todo lo que aquellas páginas intentaban enseñarnos.
Han pasado 90 años desde 1936, año en el que se inició uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia: la Guerra Civil. Una guerra que surgió en un ambiente de polarización, de odio, de miedo y de rechazo. En 1976, hace 50 años, se aprobó la Ley de la Reforma Política, una ley que permitió desmantelar el régimen franquista y dar inicio a la democracia en nuestro país. Son fechas para recordar, pero no solo debemos hacerlo para un examen o para “tener cultura general”. Debemos recordarlas y tener estos hechos en nuestras memorias, para nunca olvidar de dónde venimos.
Entonces, ¿por qué décadas después volvemos a ver el mismo patrón? Vivimos en una sociedad en la que las personas parece que dejan de recordar. ¿Qué ocurre cuando esto sucede? Podemos contestar a esta pregunta mirando un poco a nuestro alrededor: negacionismo, discursos de odio, banalización del franquismo y, sobre todo, polarización cada vez más aguda entre los ciudadanos. Y es que en nuestras calles volvemos a encontrarnos ante dos bandos. Existen menos matices: o vas conmigo o contra mí. Nos encontramos ante una sociedad donde el diálogo desaparece poco a poco y aceptamos vivir continuamente enfrentados. Hace 50 años España aprendía a convivir y, 50 años después, parece que estamos aprendiendo a dividirnos otra vez.
90 años después del comienzo de una guerra, vuelven los discursos de odio. Vuelve una ideología de extrema derecha que cada vez tiene más espacios para manifestarse. Volvemos a escuchar discursos que enfrentan a personas con otras por su origen, por su orientación sexual o por su identidad. Discursos que llaman la atención de los jóvenes, siendo estos atraídos por ideologías que nacieron precisamente de aquello que tanto nos costó recuperar. No es preocupante aquellas personas que lo promueven, es preocupante la cantidad de jóvenes que se sienten atraídos por discursos que convierten la diversidad en un problema, los derechos en privilegios y al diferente en un enemigo. Y es que la democracia tiene algo curioso: permite que quienes cuestionan sus valores puedan expresarse libremente. Por eso, debemos ser ciudadanos capaces de distinguir entre opinión y discursos que convierten a otros en enemigos. Porque el triunfo de una ultraderecha nunca ha sido ganar votos, sino hacer que la gente olvide por qué nacieron las democracias modernas.
A veces hablamos de democracia como si fuera algo garantizado, como si hubiera estado siempre ahí y fuera imposible perderla. Pero la historia demuestra justo lo contrario. Somos una de las pocas generaciones que ha vivido alejada de guerra y de dictadura. Y somos, por ello, responsables de mantener una democracia que fue difícil de conseguir. Una democracia que significa unión y diálogo, no odio ni polarización.
Nuestra generación y las que vienen en camino no heredamos la democracia para darla por hecha, la heredamos para cuidarla. Y esto no se consigue viviendo entre el odio o bajo la ley del más fuerte, sino defendiendo el diálogo, el respeto y la convivencia incluso cuando pensamos diferente. Porque cuidar la democracia significa recordar. Recordar por qué hubo una guerra, por qué llegó una dictadura y por qué tantas personas lucharon para que hoy podamos expresarnos, votar y escribir con libertad. La Historia no está para quedarse encerrada en los libros ni para memorizar fechas clave de cara a un examen; está para enseñarnos, para ayudarnos a reconocer las señales y evitar que los errores del pasado vuelvan a repetirse. Porque la democracia no desaparece de un día a otro: se desgasta cuando dejamos de defender los valores que la sostienen. La memoria no puede cambiar el pasado, pero sí proteger nuestro futuro. Y quizá esa sea la mayor responsabilidad que tenemos como generación: no permitir que el olvido escriba de nuevo las páginas que tanto costó cerrar.
Un abrazo, Didi💜



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