Buscar mi estrella

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.” — Antoine de Saint-Exupéry
No sé muy bien cómo empezar este post o, más bien, no sé cómo despedir este año. Y no es porque no tenga palabras, sino porque este año ha removido demasiadas cosas dentro de mí. Ha sido un año de reconstrucción, pero también de recaídas. Un año lleno de subidas y bajadas, de momentos en los que me he sentido fuerte y otros en los que me he sentido completamente perdida. Un año en el que he aprendido que crecer no siempre es avanzar con seguridad, sino aprender a sostenerse incluso cuando todo tiembla.
Si tuviera que definir este año, no lo haría con solo una palabra. Sería injusto. Ha sido contradictorio. Ha sido luz y oscuridad conviviendo constantemente. Ha sido vivir, caerme y aprender a levantarme aunque todavía dolía la caída anterior.
He vivido cosas preciosas que volvería a repetir una y mil veces. Y eso sé que es gracias a aquellas personas que están constantemente recordándome lo afortunada que soy por haber elegido a mi verdadera familia y encontrar mi camino. También ha sido por aquellas personas que han llegado a mi vida y que estoy convencida de que dejan una huella en mí. Momentos que guardaré para siempre. Pequeñas victorias que quizá desde fuera no se ven, pero que para mí han sido enormes.
Pero también ha habido dolor. Dudas. Miedo. Noches largas de pensamientos que no se callan, momentos en los que me he sentido perdida aunque fuera parecía estar todo bien, instantes en los que he tenido que parar y preguntarme si estaba bien.
Este año he aprendido algo que no es fácil de reconocer pero, una vez te das cuenta, tu vida empieza a ser diferente: no todo lo que queremos nos hace bien, y que no todas las personas que pasan por nuestra vida pueden quedarse. Cada persona que pasa por tu vida te enseña algo y hace que haya una evolución en ti, pero no por eso es obligatorio que esa persona se quede. A veces, simplemente, hay que alejarse. No por falta de cariño, sino por amor propio. Y eso duele, claro que duele. Pero también salva.
Ha habido días en los que he dudado de mí, de mi capacidad, de mis decisiones. De si realmente estaba haciendo las cosas bien o estaba fallando. He tenido miedo de volver a romperme. Por eso he aprendido a escucharme más, a identificar cuando una herida está volviendo a doler cuando costó demasiado cicatrizar, a entender que protegerme y alejarme no es huir, es cuidarme. Y que si yo no soy capaz de cuidarme, nadie lo va a hacer.
Sanar no es una línea recta. No consiste en dejar de sentir, sino en aprender a convivir con aquellas cosas que no puedes controlar sin dejar que te rompan. Me he dado cuenta que hay heridas que nunca van a desaparecer, que recordarás o verás cosas que provoquen que esa herida vuelva a estar en tu foco de atención, pero sí dejan de sangrar. Y eso es avanzar.
Este año he tenido que mirarme y tomar decisiones difíciles. Decisiones que no todo el mundo entiende si las ve desde fuera. Me he alejado de personas, de situaciones, incluso de versiones de mí que no me hacían bien. He aceptado que no soy perfecta y que no puedo gustarle a todo el mundo, que me equivoco, que siento demasiado y que a veces me derrumbo. Y está bien. Porque siempre que me he derrumbado he acabado levantándome.
He aprendido que no todo vínculo merece ser sostenido a cualquier precio. Que no pienso dar más de lo que recibo si eso conlleva perderme. Porque a veces quedarse significa perderse. Y que irse, aunque duela, es una forma de salvarse y escucharse a uno mismo. Me he puesto mis límites, sé lo que quiero y sé que lo primordial es priorizarme, aunque a veces parezca algo egoísta.
He aprendido que no siempre estoy al cien, que los días vienen y van y que siempre, después de llover, el cielo sigue azul. Hay días de bajón, de cuestas donde hay que esforzarse más, de momentos en los que hay que parar porque no das a más (y que si no paro yo, ya lo hace el cuerpo por mí).
Soy una nueva versión mejorada de mí, pero hay cosas de la Andrea del pasado que quieren permanecer: sigo bailando y disfrutando de cada paso de baile como si de un vuelo se tratara, sigo viviendo nuevas historias por cada libro que lea, sigo conociendo personajes de series que me hacen creer que las obsesiones existen (vivo obsesionada de las cosas), sigo emocionándome con cada verso de Aitana, sigo con el objetivo de conocer mundo y viajar, sigo llorando por lo bonito y lo sencillo, sigo romantizando mi vida aunque solo tenga un café en la mano, sigo siendo yo.
Y por seguir siendo aquella Andrea, también he descubierto que mi verdadero refugio son las palabras. La escritura se ha vuelto en hogar, pero también en espejo. Escribir me ha obligado a decirme verdades que a veces no soy capaz de decir en voz alta. Me ha ayudado a entenderme, a ordenar lo que siento, a desnudarme un poco más de lo que me resulta cómodo, a no sentirme sola. Leer, escribir, pensar, reflexionar… todo eso forma parte de mí y me recuerda cada día quién soy y por qué sigo aquí. No es una etapa, no es una moda: es mi manera de estar en el mundo. Y cada vez tengo más claro que mi futuro (y ya presente) se compone de versos, estrofas, palabras, metáforas…
Este año, más que nunca, he entendido que mi camino va por ahí. Porque las palabras son el lugar al que vuelvo cuando todo lo demás se tambalea. Quiero dedicarme a ello toda mi vida. Quiero dedicarme a las palabras, a la literatura, a pensar y a sentir a través de ella. Y si un mínimo porcentaje de cariño que yo demuestro a ellas las puedo transmitir a las futuras generaciones, mejor.
Durante mucho tiempo pensé que no iba a ser capaz. Llegaron momentos en mi vida en los que pensé que estudiar Filología Hispánica y dedicarme a ello toda mi vida era un sueño demasiado grande para mí, que solo era una idea bonita. No quería verme como aquel 2023 donde mi sueño se derrumbaba conforme iban pasando los días. Hoy, cerrando el año, sigo teniendo miedo, pero hay algo que tengo y antes no tenía: gente que no se permite abandonarme en el camino y celebra cada pequeño logro conmigo y, sobre todo, confianza en mí misma.
Porque 2026 va a ser un año de cambios: es mi último año en casa, en el instituto. Me cambio de ciudad, alcanzo la mayoría de edad y empiezo una nueva etapa. Y siento orgullo al saber que esta nueva etapa está cada vez más cerca y que he vencido a todos esos monstruos que han hecho que dude de mí, pudiendo imaginarme un futuro perfecto para mí haciendo lo que me gusta, lo que hace que tenga vocación y me emocione por cada palabra.
Da vértigo escribir esto. Me asusta, no voy a mentir. Pero, por primera vez, ese miedo no me paraliza, me acompaña. Avisa que algo muy importante está a punto de empezar. Y creo que estoy preparada, no porque lo tenga todo claro, sino porque he luchado mucho para llegar hasta aquí.
Despido este año con algunas cicatrices, pero sobre todo con una fuerza que antes no tenía. Pudiendo decir que ha sido uno de los mejores años sin duda, porque no solo he tenido anécdotas y experiencias para toda la vida, sino porque hay una nueva versión de Andrea de la que estoy muy orgullosa.
Este año he cometido errores, como todos. No soy perfecta ni pretendo serlo. He aprendido que sé levantarme, sé cuidarme y sé elegir. Y eso es lo que me llevo para siempre.
Gracias a quienes han estado cuando no era fácil estar, a quienes me han acompañado y no me han soltado, a quienes me han apoyado incluso cuando yo no sabía cómo pedir ayuda. También gracias a aquellas personas que se han ido. Porque me han enseñado qué merezco y qué no, qué necesito y qué no quiero repetir.
A mi familia, pero no a esa de sangre que solo se acuerdan de ti cuando interesa. Sino a mi verdadera familia, la que elijo yo en cada momento:
Mamá, papá, abuela: gracias por estar en cada momento aunque cueste entenderme; Bianca, cuando te digo que eres la mejor persona del mundo, créetelo. Porque ser tu hermana es el regalo más bonito que tengo y no quiero experimentar el no tenerte cerca; Alex, gracias por demostrar tanto, por ser mi compañero de aventuras; a mi Shelmita, gracias por curar tanto cuando nunca tuviste nada de culpa, ese ser de cuatro patitas es el motivo por el que conozco el amor puro sin necesidad de palabras, y es de las cosas más bonitas que han pasado y pasarán por mi vida; María y Laura, no sé muy bien qué deciros que no sepáis. Ojalá la gente tenga la oportunidad de conocer aunque sea una mínima parte de lo que yo conozco, porque no tengo dudas de que fliparían con vosotras. Sois esas personas que aparecieron en mi vida por casualidad y que tengo claro que quiero para siempre, gracias por todo. Porque curáis incluso en momentos en los que no os dais ni cuenta.
Y muchas personas más que siguen en mi vida después de años, que ya estaban pero que este año han significado mucho y que han aparecido para enseñarme nuevas cosas, gracias.
Y gracias a mí, por no rendirme. Por volver a levantarme, por elegir el amor propio incluso cuando dolía. Por seguir creyendo en la Didi que escribe, que siente demasiado, que lucha por las injusticias y que ya forma parte de mi vida.
No sé cómo será 2026, pero sé que llego a él distinta, más consciente y con ganas de aprender y descubrir nuevas cosas, con nuevos retos que afrontar y superar.
Muchas gracias por acompañarme y por leer.
Con cariño, Didi💜



Comentarios
rulparty - hace 2 meses
didi2008 , tu texto se siente muy cercano. Consigues que empaticemos. Se nota que no ha sido un año fácil, pero ha estado lleno de aprendizaje y que has tenido que pararte a pensar mucho en ti, en lo que te hace bien y en lo que no. Me gustó cómo hablas de saber cuidarte y de aceptar que algunas personas se quedan y otras no, sin dramatizarlo pero con sinceridad.
También me parece muy bonito que la escritura sea tu espacio para entenderte mejor. Gracias por compartir algo tan tuyo, porque leyendo se siente real y ayuda a pensar en nuestro propio camino. 🌟
Siempre fan... ya sabes...