Era él, de verdad
Abriendo el microondas de mi cocina, mi madre tomaba un té caliente en el salón, me dirigí al sofá junto a la chimenea encendida con mi chocolate y le pregunte como estaba, lo que ella me dijo, no te creas lo que me ocurrió antes de venir aquí.
Serian ya las seis de la tarde, en un anochecer de invierno, prácticamente de noche, sin ruido, sin alteraciones, solo era una ciudad naranja por el adiós del sol, la señora a la que cuido, término de tomarse un café con pastas en un butacón grande, con grabados de colores en la tela, encima de este butacón un paño de ganchillo, posiblemente tejido por ella. La señora y yo, que me encontraba a la derecha, hablábamos de temas interesantes mientras la radio anunciaba las seis y media. La casa era recogida, pequeña y adaptada a una señora con un gran mundo, con cuadros por todos los rincones, cada uno de ellos tenía una historia distinta, como cofres cerrados, esperando a su intrépido arqueólogo con sombrero y látigo que les aria brillar al mundo, me disponía a irme de aquel acogedor lugar, caminando por las escaleras del estrecho edificio, me encontré con su hijo, un hombre elegante, simpático, agradable y sensato, luego Salí por el portal viejo, cuando escucho un ruido de escaleras estridente, algo corría por las escaleras, me gire y él estaba pálido, espantado con la corbata alborotada, con los ojos abiertos, como si acabase de salir de la más horrible pesadilla, del mas horrible trance, me atrevo a decir que ese señor no era el mismo que subió las escaleras y me dijo buenas tardes, me conto lo siguiente.
Mire, subí a la casa de mi madre como siempre, después de que usted terminase su trabajo, usted sabe, de sobra, que mi perro Aurelio vive con ella, porque no hace ruido y es muy manso, salió al pasillo que hay entre el salón donde estaba mi madre y la puerta de la entrada, Aurelio salió hacia mí para que lo sacase, le puse el collar, agachándome, pero al levantarme, al levantarme lo vi, erguido, mirando al pasillo, era él, inmóvil, sin decir palabras, mirándome con sus ojos vacíos, sin gesto, con su ropa de los domingos intacta, casi lo pude tocar, no había ruidos ni se movía, yo poco a poco me alejaba de él, sin decir nada, solo caminaba, el perro no presentaba cambios, parecía no verlo, mi madre no lo vio porque lo tenía detrás del sillón, parecía solo atender a la radio, me tome un tiempo despaldas al pasillo en la esquina, me asome, para convencerme de que era otra cosa, por si era mi imaginación o cansancio, no era real, pero la lamparita de la mesita de noche que se encontraba a la izquierda del sillón, dijo lo contrario, había un hombre, mi padre, el mismo padre que murió hace seis años.
Un abrazo.



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