Días de Sal y Fuego: Quinto capítulo
📘 Capítulo 5: La promesa
Después de lo que me dijo Elías, no pude irme. Me quedé en la arena mientras todos reían, bailaban o jugaban con bengalas cerca del fuego.
Pero yo solo lo miraba a él.
Se movía como si fuera parte del viento. Tenía esa forma de existir que hace que el mundo se calle cuando pasa. Las chicas lo rodeaban, pero él no parecía interesado.
Sus ojos… buscaban algo. O a alguien.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que ese “alguien” era yo.
Me levanté sin pensar. Caminé hasta él. Las risas se apagaron un poco en mis oídos, como si el universo bajara el volumen de todo lo demás.
—Pensé que te habías ido —dijo con voz baja.
—Yo también. Pero tú dijiste que no lo hiciera.
Él sonrió, pero fue una sonrisa suave. Casi triste.
—Ven —me dijo—. Quiero enseñarte algo.
Lo seguí por un sendero entre las rocas, sin saber adónde íbamos. Caminamos hasta una cala pequeña y escondida, lejos del ruido, donde las olas golpeaban suave las piedras. El cielo estaba cubierto de estrellas.
—Aquí vengo cuando no soporto el mundo —dijo, sentándose.
—¿Y cuántas veces vienes?
—Demasiadas.
Nos quedamos en silencio. El mar, el cielo, nosotros. Todo parecía más lento ahí. Como si fuera un lugar solo nuestro.
—A veces —dijo él—, me dan ganas de desaparecer. Coger la moto, el primer barco, lo que sea… y largarme.
—¿Por qué no lo haces?
—Porque prometí no dejar a alguien atrás.
Lo miré. Él no me miraba a mí, pero su voz temblaba un poco. Había algo roto dentro de él… y eso me rompió un poco a mí también.
—¿A quién?
No respondió. Solo suspiró.
—¿Y tú? ¿Qué haces cuando todo duele?
—Me meto al agua —dije—. Nado hasta que el cuerpo me arda. Hasta que ya no sienta nada.
Él giró la cabeza y me miró como si acabara de entender algo importante.
—Somos parecidos —susurró—. Pero tú aún crees que puedes salvarte.
—¿Y tú no?
—Yo ya me prometí que no.
El corazón me dio un golpe extraño. No sabía qué sentía. Pero sí supe que en ese momento quería hacer una promesa, también.
—Entonces prométeme una cosa tú.
Él alzó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que si algún día te quieres ir… me lleves contigo.
Se quedó en silencio. Luego asintió, muy lento.
—Hecho.
Y en medio del mar, del secreto, de la herida que no se ve, sellamos una promesa que no
debía existir.
Una promesa que, sin saberlo, iba a cambiarlo todo.



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