Días de Sal y Fuego: Tercer capítulo
📘 Capítulo 3: Olas y heridas
A la mañana siguiente me desperté con la luz entrando a chorros por la ventana. El mar brillaba al fondo como si el mundo intentara compensarme por el desastre de anoche.
Me puse un bikini bajo una camiseta blanca ancha, recogí el pelo en una trenza rápida y salí sin desayunar. Solo necesitaba sentir el agua en la piel y olvidarme de todo.
La playa estaba vacía, salvo por unas gaviotas y una pareja corriendo lejos. Me metí en el agua sin pensarlo. Las olas estaban frías, salvajes, vivas. Me hacían sentir algo… por fin.
Me sumergí varias veces, respirando hondo cada vez que salía, como si pudiera dejar atrás lo que no entendía: mi madre feliz con un hombre que apenas conocía, una casa llena de silencios, un chico que me odiaba sin razón.
Me dejé llevar hasta que una ola más fuerte de lo normal me arrastró. Perdí el equilibrio y caí de golpe, chocando con el fondo. Sentí un rasguño en la pierna y un ardor en el brazo, pero no grité.
Cuando salí a la superficie, tosiendo, alguien ya estaba ahí.
Él.
—¿Estás bien? —preguntó Elías, con la respiración agitada, las gotas cayéndole del pelo a los ojos.
—¿Tú qué haces aquí? —dije entre jadeos.
—Te vi desde la terraza. Estabas demasiado lejos. —Me miró—. Y no pareces saber nadar tan bien como crees.
—Estoy bien.
Pero él ya se había acercado. Me tomó del brazo sin preguntar y revisó el corte que sangraba un poco. Su mano estaba fría. O era la mía la que temblaba.
—Te lo tienes que lavar. Tiene arena dentro —dijo.
—No necesito que me salves, ¿vale?
—No te estoy salvando. Te estoy evitando una infección. Hay diferencia.
Me mordí la lengua para no responder. Pero había algo en sus ojos. No era frialdad. Era preocupación. Y eso me descolocó.
Volvimos a la orilla caminando en silencio. Él me ofreció su sudadera al llegar. La rechacé. Pero por dentro, algo en mí se deshacía.
Porque por
un momento… no me sentí tan sola.



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