Comparación entre punks y niño pobre. A modo de historia.
Tras pensar y reflexionar mucho sobre una posible relación entre una de las personas que se encuentran en la exposición nos damos cuenta de la dificultad que se nos presenta. No nos referimos al problema de unir mediante una conversación, diálogo o historia a ambas imágenes si no a la oposición que se da entre nuestra tribu y las personas que allí aparecían. Nos referimos a la pobreza. Nosotros exponemos unos modelos o estilo de vida tanto de forma de ser externa como interna de países desarrollados generalmente asociados o llamados occidentales. Pero estos, en realidad, representan una minoría. Si nos damos cuenta aquellas personas que disponen de los suficientes recursos económicos como para poder manifestarse de la manera de la que ellos, los punkis, lo hacen representa un mínimo de la población mundial. Un niño indonesio no entiende ni puede llevar a cabo esa moda. De aquí que antes de empezar con lo que sea una historia, un diálogo… quiera mostrar estas palabras como introducción a lo que sea algo imposible, inventado. Una historia surrealista difícil de entender.
Los edificios eran altos, casi llegaban y tocaban el cielo, rasgaban el color azul y hacían que pareciesen manchas algodonadas blancas. Tampoco desde abajo era tan azul, a veces parece hasta sucio, grisáceo, como las calles y la aceras de aquella ciudad. Todo era mugriento escaleras, aparcamientos, callejones… hasta la gente parecía estar sucia. Si no ¿porqué iban a vestir ellos tan extraño? Donde los pararrayos rompían las nubes, la gente solía lucir caros trajes con corbata o bellos vestidos que llevaban a la oficina. Pero ellos ¿porqué calzaban botas, son incómodas? En la ciudad de los rascacielos a la gente normal le gustaban las deportivas o incluso zapatos, aquellos que pegado al oído sólo tenían un teléfono móvil. Pero ¿porqué ese peinado? Era tan extravagante que era incluso difícil de compararlo con las personas de la modesta ciudad, una ciudad cualquiera, sin nombre, porque nuestra historia tampoco tiene nombre.
El niño de tez morena admiraba a aquellos personajes que se plantaban en los bancos de los parques a admirar cómo pasaba el tiempo, cómo el sol parecía desvanecerse o incluso esconderse de aquellas temidas personas tras los inalcanzables edificios de la ciudad. Intentaba alcanzar la punta, el pico de aquellos colosos pero no podía. Quizás un poco más de fuerza le vendría bien, pensó. Pero su padre no estaba allí para empujarle. Su madre… tampoco. Así que simplemente se balanceaba en aquel oxidado columpio mientras de vez en cuando dirigía alguna que otra mirada hacia ellos.
En realidad no parecía que fuesen a hacer daño a nadie pero eso sí, imponían y alguno del grupo sí que parecía tener algún problema. Aquella ideología de luchar contra el orden establecido quizás alguno la hubiese cambiado por un rígido e impuesto orden. Casi no se diferenciaban en pensamiento, formaban un conjunto muy heterogéneo pero seguían siendo un sólido colectivo.
Eso el niño no lo sabía, él intentaba alcanzar los rayos que tímidamente se entrecortaban por las casas, los imponentes pararrayos, quería llegar alto… recordaba lo diferente que era aquello de donde el venía. Allí la gente no tenía ni para construir una casa, incluso tenía dificultades para alimentarse. El tuvo suerte y sus padres le llevaron allí. Soñaba con poder algún día erigir la más inigualable torre, pero eso sí, en su ciudad, su país, su tierra… era tan extraño… tan diferente…
Él no se había dado cuenta pero pensando, habían ya desaparecido muchas de las personas que se encontraban en el parque; tan solo quedaban él y sus ideas. Aquel grupo de amigos viendo que se hacía tarde decidió volver a casa o por lo menos buscarse otro lugar para mirar, al igual que atardecía, cómo amanecía. No les importaba el tiempo, eran observadores de la vida.
Para atajar, cruzaron por el parque y pasaron justo por delante del niño moreno que sin querer empujó con su columpio a uno de los punks. Tuvo la mala fortuna de toparse con uno de los agresivos, el cual, sin dudarlo, hizo caer al niño cuando le propició un golpe en el pecho. El resto del grupo se quedó mirando el espectáculo pero en cuanto se levantó y se fue corriendo a su casa se esfumaron igualmente.
Por un tiempo no volvió a soñar, no volvió a querer jugar a coger el sol ni la punta de los rascacielos. Pero era eso lo que quería. Quería balancearse, sentir el viento en su cara; en casa no podía hacer nada. Se envalentonó y bajó. Corrió todo lo que más pudo para subirse en su columpio preferido, el que más alto llegaba y menos chirriaba de todo lo que le permitía concentrarse y sumergirse más profundamente en sus cosas. De nuevo volvía a ser feliz, el sol estaba en lo alto, todavía no había empezado a esconderse porque ellos no estaban. El niño era como el sol. Se sentía fuerte brillante e imponente, podía a todo, era invencible.
Sin embargo volvió a ocurrir y comenzó a bajar, él seguía a lo suyo pero no se dio cuenta de que había vuelto. Eran los mismos, igual. No habían cambiado. Les miró fijamente y dejó aterrado de balancearse. Quería salir corriendo pero no podía. Sus manos, agarradas a las cadenas comenzaban a sudar y temblar. No podía. No podía. Pero seguía mirándolos. Ellos también se fijaron en él, lo que hizo cortar la respiración al pobre niño. Permanecía inmóvil, no podía. Entonces cuando uno acababa de decir unas palabras a otro de sus amigos al oído, empezaron a andar hacia el parque. El niño no se lo pensó y salió corriendo.
Cruzó corriendo la calle hacia donde se encontraban los últimos señores de traje y corbata con sus maletines repletos de papeles. Quedaban pocos; el Sol casi no existía. Sin el Sol el niño de los sueños se sentía fatal. No le gustaba nada aquello y lo peor: se dio cuenta de que le seguían y de que eran más rápidos que él. Aún podía aguantar, no le quedaba mucho para llegar a su casa. Los colosos rascacielos empezaban a desaparecer a su espalda pero no sus perseguidores. Era horrible, ya casi los tenía encima. Pensó entonces en el Sol, en su tierra, su país y en cómo el frío de la noche desaparece al amanecer. Era eso. Tenía que amanecer, su Sol. Entonces cogió aire y corrió muchísimo más que nunca, hasta él se vio sorprendido. Entonces todo se volvió negro.
¿Negro?¿Por qué? No se había dado cuenta pero cuando pudo abrir un poco los ojos y se aclaró todo ante él los pudo ver. ¿Ellos? No puede ser. Intentó moverse y apartarse contra la pared pero un dolor en su brazo izquierdo casi no le dejó. Ellos estaban allí. Apareció un coche rojo con luces amarillas. El conductor habló con el chico de pelos extraños y un ayudante le ayudó a subirse en el coche.
Todo era extraño. Se sentía mareado, cansado. Otra vez. Todo negro. Sol. Un sol brillante delante de sus ojos. Estaba rodeado de imponentes casas y un edificio gigantesco, más grande que los que había en la ciudad. Estaba su abuela sentada en un banco. ¿Abuela? Pero si ella se había quedado allí. Si ella no quería venir. Ahora lo entendía estaba allí, en casa, su tierra, su sueño… Blanco…Borroso…Gris… ya podía ver todo, estaba claro.
Junto a su camilla estaban sus padres, su brazo dolorido y sus sueños. También estaba él. ¿Él? Sí, aquel que volvió cuando todo se volvió negro por primera vez… no podía ser.
- Estás bien cariño-
- Sí mama-
- Qué susto nos has dado-
- ¿De verdad que estás bien hijo?-
- Sí papá sí. ¿¡Qué hace él aquí?!
- Tranquilo, el nos avisó de todo. Llamó a la ambulancia. Has tenido suerte-
- Bueno me voy a tomar un café que ha sido una noche larga-
- Si, yo también…os dejamos a solas… así podéis hablar…-
- Pero… mamá…-
- Descansa, tranquilo…-
No podía ser ahora. Le tenía justo en frente, a solas, y él no podía correr; además tenía un brazo hecho polvo.
Intentó levantarse.
- Tranquilo… descansa tienes que estar molido después de lo que corriste eh…-
- Déjame en paz. Que has venido ¿a pegarme?–
- Yo no. Quería disculparme. Nos hemos portado mal contigo –
- Ahora con esas. ¿eh? Si claro.-
- Puedes estar tranquilo ahora él no está –
- ¿Él? Yo creía que tú…-
- ¿Yo? Nunca. Siempre nos confunden por culpa de personas cómo el imbécil de … dios…-
-¿Cómo? –
- Que no te deje engañar nuestra apariencia, puede que parezcamos intimidadores y agresivos pero en realidad…para nada. –
- Es imposible –
- Sólo estamos en contra de todo, de todo lo organizado, de todo el mundo, el dinero, por eso nos sentamos cerca de aquel parque donde están aquellas torres, eso es el reflejo de lo que estamos en contra –
- Pero…¡si son preciosas! –
- ¿Tú crees? no lo se. Puedes opinar lo que creas, tranquilo no te voy a pegar. Mis amigos y yo pensamos de manera distinta al bruto que te hizo caer del columpio… Sólo queríamos pedirte perdón… pero saliste corriendo…-
-Sí lo se.-
Los dos se miraron fijamente, había algo en el brillo de los ojos que ambos notaban familiar; no lo entendían pero parecían conocerse bien.
- ¿Y ese tipo? –
- Tranquilo, no creo que volvamos a verle –
El Sol brilla, hace una temperatura bastante buena, quizás especialmente calurosa para los habitantes de su ciudad, la ciudad que le enseñó todo, de su amigo que le enseñó a valorar todo aunque por fuera pareciese terrible. Pronto todo empezaba a desvanecerse, las estrellas aparecerían y las luces de su coloso, ya en su país, iluminarían por mucho tiempo. Lo había conseguido.
Fin.
CONCLUSIONES-REFLEXIONES
Con esta pequeña narración, pretendemos demostrar, de forma original y entretenida en la medida de lo posible, que algunas de las diferencias que se pueden establecer entre un punk y un niño que vive en condiciones infrahumanas son las siguientes:
_Los punks, actualmente, surgen en sociedades de países desarrollados y con medios para expresarse libremente. En cambio, los niños con los que hemos relacionado a los punks, casi no tienen medios para sobrevivir; por lo que no tienen ni voz ni voto ni siquiera a la hora de tomar decisiones sobre sí mismos. Muchos de estos niños, además de no tener hogar, son explotados, vendidos, y muchos no viven con sus padres.
_Las mujeres que pertenecen a la tribu de los punks son tratadas como iguales. Pero las mujeres que viven (o malviven mejor dicho) en países asiáticos o africanos, como las de la exposición, son utilizadas y vendidas a aquellos que puedan pagar un precio. ¿Cómo se le puede poner precio a la vida de una persona? ¿Cómo se le puede arrebatar la libertad de decidir sobre sí mismo a alguien, cuando está reconocida como un derecho de todo ser humano? Sobre este tema, creemos que siempre ha sido y será así (sobre todo en países subdesarrollados), aquellos que posean riqueza económica serán los que tengan mayor libertad pero no solo sobre sí mismos, sino también sobre los demás.



Comentarios
partyflipa - hace más de 14 años
Os ha quedado un toque "onírico" muy especial, como si fuera todo un sueño. El principio me ha recordado a un libro muy breve que leí él año pasado y me sorprendió mogollón. Se titula "Los Papalagi", ¿lo conocéis? También me ha dejado "rumiando" (pensando, no sé...) la siguiente frase: "le enseñó a valorar todo aunque por fuera pareciese terrible".
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