Porque las miradas sí matan.
Fue una pena no ver aquel cartel de “suelo mojado”. Me fijé en él un poco más tarde, cuando ya estaba en el suelo. Me fijé en él demasiado tarde, cuando ya había caído, tanto literal como metafóricamente.
Oí risas. Intenté unirme a ellas, quizá murmurar un “pero qué torpe soy”. Pero no lo conseguí, porque no se reían conmigo. Se reían de mí.
Por aquellos yo tenía catorce años. A esa edad todo el mundo cambia. Intentaba ser amable con los demás, pero solo conseguía insultos a cambio. No me los decían a la cara, no, al menos no al principio. Lo decían camuflados con estúpidas toses. Bicho raro. Friki. Estúpida. Al final, acabé por creérmelos.
Nunca he sido guapa. Tampoco he tenido un físico perfecto, o una sonrisa especialmente bonita. Y no soy simpática. No veo famosos programas de televisión, ni escucho la música más de moda. No visto con ropa cara. No me maquillo.
Quizá no fuera la caída lo que me hizo ser una marginada. Quizá fuera yo misma. Que ya estaba en el fondo del abismo.
Esto fue aumentando con el paso del tiempo. Los murmullos a mi alrededor se hicieron aún más evidentes. Si fallaba una pregunta del profesor, todo el mundo me llamaba tonta. Si la acertaba, era una empollona.
Tuve mi primer novio a mediados de aquel curso. Me ilusioné demasiado. Todo el mundo empezó a hacerme más caso, y yo me creí que me empezaban a aceptar. Pero qué ilusa era. Dos meses y tres semanas más tarde, le vi besando a otra en el corredor que lleva al salón de actos del instituto. No dije nada. Ni siquiera me acerqué. Sólo apreté los puños y salí de ahí lentamente. Sentía las lagrimas arder detrás de mis ojos, pero me obligué a no llorar, no ahí.
Se lo dije dos días después, a la salida del instituto. Tenía miedo de su reacción. Me dijo “bueno, qué bien, la verdad es que no sabía cómo decírtelo”. No supe qué contestar.
Días más tarde, los insultos y los menosprecios volvieron. “Mírala, qué pena da”. “Qué tonta, ¿de verdad pensaba que iban a durar?” “Es una mosquita muerta”. Me acostumbré a ellos. Las miradas de desprecio, los libros tirados en el suelo. Sus murmullos y risas eran la banda sonora de mi día a día.
Cuando llegaba a casa, cada día, dejaba mi mochila en la entrada y le daba dos besos a mi madre.
- ¿Qué tal el instituto, cariño?
- Muy bien- decía, con mi mejor sonrisa.
- Me alegro. ¿Sabes? Hoy en las noticias ha salido un caso de una chica que se ha suicidado. Tenía más o menos tu edad, quizá un poco más. Dicen que en el instituto le acosaban. Qué mal rollo, ¿no?
- La verdad es que sí.
- Qué suerte que en tu instituto no pasen cosas así.
- Sí… Qué suerte.
Cuando llegué a mi habitación ya estaba temblando. Me dejé caer en la cama y suspiré.
“Idiota, has estado a punto de hablar más de la cuenta. No querrás preocuparla, ¿no?” me dije a mí misma. Me sequé las mejillas y volví a la cocina, como siempre, como si nada hubiera pasado. Como si yo no me estuviera muriendo también por dentro.




Comentarios
partyflipa - hace más de 11 años
Bluff... Brutal. Por cierto, ¿os habéis puesto de acuerdo en el tema varias/os ciber? molaría coordinarse y repartirse de vez en cuando temas y que tres o cuatro personas publicarán sobre él. ¿qué opinas? ¿qué otro tema escogerías?
_dennaselen - hace más de 11 años
Impresionante, completamente flipante. Siempre he sabido que eras buena pero llegas a unos límites que son geniales. :3 Enhorabuena!
hazelgrace - hace más de 11 años
Es increíble, como todo lo que escribes,fantástico. Eres genial, siempre lo he sabido, y así es como lo demuestra mi parabatai!!!
little infinites - hace más de 11 años
No podemos cerrar los ojos ante ese don que posees con las palabras y cómo tus historias nos envuelven y nos hacen parecer vulnerables. Es un estilo de absoluta perfección.
flashali - hace más de 11 años
Guau... es increíble. Me ha llegado al alma, otra vez. Siento no haber podido leerlo antes, no tenía Internet... y casi me lo pierdo :0 Me encanta. <3
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