SKY. Capítulo 7
Las estrellas centellean en un oscuro cielo que no me canso de observar, sin parar de pensar en todo lo que ha ocurrido. Dirijo la vista hacia Sir. Leeroy, que está tumbado a mi lado. Tiene la mirada perdida en la inmensad del cielo, y no puedo evitar intentar averiguar qué está pasando por su extravagante cabeza.
—¿Cuántos años llevas en esto? —le pregunto, intentando apartar mi mente de todo.
Él se gira y sonríe.
—Desde el mismo momento en que me vi necesitado de hacerlo —Devuelve la vista al cielo, su voz se torna algo triste—. Como ya te he dicho, yo soy rico por herencia, pero por desgracia heredé todo muy joven y no supe racionarlo. Lo malgasté sin pensar en mi futuro, sólo cuando me vi realmente sin nada fue cuando busqué otra forma de seguir viviendo la vida que llevaba hasta entonces. No quería que nadie se enterara de que había malgastado toda mi herencia y que no me quedaba más remedio que vivir una vida desgraciada, vagando por las calles como la mayoría de la población. Al principio, comencé robando cosas nimias, así la gente apenas se daría cuenta: tenía miedo de ser descubierto. Pero conforme fui aumentando mi riqueza, mi forma de robar era mucho más eficaz, y cada vez los robos eran mucho más rentables —Me mira—. ¿Y tú? ¿Hace cuánto empezaste?
Mi corazón se acelera por la pregunta. ¿Puedo fiarme de él? Observo sus profundos ojos avellanados, me inspiran confianza y seguridad, pero a la vez atisbo culpabilidad y dolor, y no sé muy bien por qué.
—Llevo casi toda mi vida en esto —Cierro los ojos, odio recordar mi pasado— Vivía en uno de los peores barrios donde se podía criar un niño. Violencia, robos, muertes, violaciones... ese fue el entorno donde me crié. El olor a sangre los primero días se hacía extraño y a veces incluso aterrador, pero con el tiempo se convertió en algo tan normal que si hubiera desaparecido de repente, habrías sentido que una parte de ti falta —Abro los ojos y sonrío—. A pesar de ello, mis padres ansiaban tener hijos, y como la fortuna no había estado muy presente en sus vidas, vieron un rayo de esperanza en mí cuando llegué al mundo. Todo era felicidad. Cuando contaba con dos años de vida, mis padres decidieron ahorrar para poder comprar una casa en un lugar mejor donde pudiera tener una infancia feliz. Estuvieron ahorrando dinero durante cinco años. Casi habían conseguido su propósito y estaban realmente satisfechos con su trabajo...
Hago una pausa. Se ha formado un nudo en mi garganta y las lágrimas luchan por salir.
—Sky, ¿ocurre algo? —parece preocupado.
—Fue el día de mi séptimo cumpleaños. Ellos pensaban mudarse al día siguiente a una hermosa vivienda en un bonito barrio muy tranquilo. Pero entonces, todo se oscureció. La llama de la felicidad se apagó de sus rostros y la vitalidad por seguir luchando los abandonó para siempre.
Cubro mi rostro con mis finas manos, que han comenzado a temblar. Un lágrima se desliza por mi mejilla. Odio mis recuerdos. Los únicos que tengo siempre me provocan ganas de llorar.
—¿Qué pasó?
Él retira las manos de mi rostro y seca mis lágrimas con la yema de sus dedos, lo hace tan delicadamente que me transmite confianza.
—Murieron. Ellos les asesinaron —respondo con un hilo de voz.
—¿Quiénes? —Su voz suena desesperada.
—No lo recuerdo. Sólo sé que entraron en mi casa y acabaron con sus vidas. Recuerdo sus rostros carecientes de expresión en el suelo... y sangre, mucha sangre. Alguien les contó que habían conseguido mucho dinero para comprar una casa, y los rumores crecieron. Todos pensaban que mis padres eran unos ladrones y con miedo a que les robaran, les asesinaron sin pudor alguno. También me buscaban a mí, sabían que era inofensiva, pero el odio les cegó —Los labios me tiemblan y mi voz es casi inaudible —.Me cogieron y me llevaron fuera de la casa. Me ataron a un poste delante de lo que había sido mi hogar y éste comenzó a arder. Sus estridentes risas me causaron pesadillas durante años y la imagen de ver mi casa ardiendo con mis padres en su interior aún me hace estremecer.
Él me mira sin saber qué decir. Sus ojos se muestran apenados y tengo que retirar la vista de ellos para que no me entren más ganas de llorar.
—Me dejaron allí; atada, mientras la terrible llamarada se consumía, y con ella, los sueños e ilusiones de unos padres que lo habían dado todo por mi felicidad. Pasaron los días y yo me sentía desfallecer. Al tercer día, una anciana me desató y me llevó a su hogar cuando estaba casi inconsciente. Me curó y cuidó como una madre, pero era muy pobre, y yo no quería ser una carga para ella, así que decidí empezar a robar. Al ser pequeña, podía meterme por los huecos más remotos y escabullirme sin ser vista. Cuando la gente se daba cuenta de que le habían robado, yo ya había escapado por los callejones más oscuros y trepado por las cañerías hasta los tejados. Nadie sabía quién era el ladrón y yo siempre me hice la promesa de que el cielo sería el único testigo de mis actos.
Levanto la vista al cielo y sonrío, aunque en seguida mi expresión se torna seria.
—Crecí al lado de aquella anciana, que se había convertido en una madre para mí y a pesar de que fueron unos años duros, fui feliz. A los dieciocho decidí irme de casa, le dejé una gran cantidad del dinero que había ahorrado todos esos años; le debía la vida, pero ya era hora de salir de aquel barrio y decubrir mundo. Desde el mismo momento en que salí por aquella puerta decidí cambiar mi nombre, no quería que nadie supiera mi identidad. Elegí Skyler porque significaba “fugitivo” y pensé que me definía perfectamente, aunque la mayor parte de la gente era inculta y nunca supo el por qué de mi nombre. En los años que pasé lejos de lo que había sido mi hogar sufrí muchas penalidades. Fui ingenua, ya que pensaba sobrevivir con las monedas que había ganado ilegalmente, pero cuando se agotaron, me vi obligada a volver a robar. Al cabo de un tiempo, decidí buscar un trabajo. Allí fue donde conocí al amor de mi vida, ligado a aquellos trabajos tan mal vistos. En el tiempo que pasé trabajando para su empresa, si es que puede llamarse así, le conocí muy bien, y ahora puedo afirmar que él nunca quiso ganarse la vida de esa forma. Pasaron dos años y como estábamos tan perdidamente enamorados el uno del otro, cerró su empresa y nos fuimos de aquel lugar infectado de señoritas que por unas razones u otras, trabajaban allí, entregando sus cuerpos a hombres viudos y adinerados.
Dirijo mi vista hacia él, que me escucha atentamente, pero enseguida la aparto, ya que sus profundos ojos hacen que me distraiga.
—Mi marido me llamaba cariñosamente “Sky” y desde entonces lo conservo como mi propio nombre. Compramos una humilde casa en un barrio algo mejor que el de mi infancia, pero ese ambiente que olía a sangre seguía impregnado en las paredes. Tuvimos dos hijas preciosas, y todo parecía marchar bien. Pero yo sabía que todo no podía ser tan perfecto, y que después de momentos felices algo terrible siempre llega.
Respiro hondo y puedo sentir la tensión en el ambiente.
—Mi marido murió en un accidente de su nuevo trabajo. Yo caí en una terrible depresión y abandoné a mis hijas, algo de lo que siempre me arrepentiré, y me llevé todo el dinero. Lo malgasté en cosas que no eran nada buenas para mí, pero al menos me hacían olvidar toda la angustia que se extendía por mi pecho cada vez que recordaba mi pasado. Las drogas, el alcohol y cosas mucho peores formaban parte de mi día a día. Observaba cómo la vida pasaba y se consumía como la casa de mis padres bajo las llamas del tiempo que nunca perdonan. Al cabo de dos semanas volví con mis hijas, me quedé sin dinero y no estaba tan ciega como para saber que lo que estaba haciendo no era la solución a mis problemas, además de que el remordimiento me acompañaba a todos lados, y la imagen de mis hijas; abandonadas a su suerte, me hacía desfallecer. Así que volví con ellas y me prometí no dejarlas solas nunca más y cuidarlas lo mejor que pudiera.
Hago una pausa. La historia continúa con que busqué trabajo en la empresa donde ahora mismo estoy y creo que si doy esos datos no van a favorecer demasiado a que mi misión se cumpla con éxito. Suspiro. Allí fue donde tuve que dar mis datos reales, y con mi nombre formaron mi nueva identidad “Agente SKY”, aunque nunca quise que nadie descubriera mi origen. Sonrío. Los niños de la calle se reían de mi nombre, la verdad es que sonaba un tanto extraño, pero mis padres me lo pusieron con todo el amor del mundo. Shirley Katherine Young. Sí, aún lo recuerdo, aunque hay cosas que nunca se olvidan. Cierro los ojos un segundo y vuelvo a abrirlos. Nadie nunca sabrá mi nombre, prometí que todo quedaría entre el estrellado cielo y yo. Una leve risa se escapa de mis labios. Es gracioso, porque ahora llevo en mi nombre al único que ha sido consciente de mis actos, el que todo lo ve, pero nunca tiene voz para contarlo, por eso fío mis mayores secretos al oscuro cielo de la noche, sé que nunca me defraudará. Sí, ahora tengo un trabajo honrado y puede que no necesite hacer esas escapadas que ponen en riesgo mi futuro y el de mis hijas, pero me tranquiliza pensar en lo alto de un tejado y observar las estrellas, imaginar la vida que nunca tuve... además, quiero escapar de ese barrio que me recuerda a mi infancia, deseo darle una vida mejor a mis pequeñas, cumpliré el propósito que mis padres nunca lograron llevar a cabo por las desgraciadas circunstancias de la vida.
No tengo por qué darle más explicaciones a Sir. Leeroy, y parece no quererlas tampoco.
Se gira hacia mí y puedo ver su bello rostro bajo la luz de la luna. Sí, me inspira confianza, pero nadie debe saber mi origen.
—Y dime, ¿cuál es tu verdadero nombre? —pregunta, intrigado.
Levanto la vista al cielo y sonrío.
—Llámame Sky.




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