Apresado en mis pensamientos
Esta historia es bastante diferente a todo lo que he escrito anteriormente. Tras muchas llamadas de atención a la inspiración, por fin ha llegado a mí, espero que la disfrutéis. Tengo pensada presentarla a un concurso, la revisaré antes de mandar la definitiva en abril, pero de todos modos cualquier sugerencia o comentario al respecto será bienvenido.
APRESADO EN MIS PENSAMIENTOS
-Culpable.
Esa palabra retumbaba en mi cabeza constantemente. Pocas veces la había oído: cuando la maestra preguntaba quién había sido el que había pintado la pared, o cuando escuchaba las noticias. Pero… ahora esa palabra tenía un significado totalmente diferente. No, no lo había hecho. Era una injusticia.
Estaba en un lugar equivocado en el momento equivocado. Y por eso me han encerrado aquí, otro lugar equivocado.
¿Por qué iba a querer matar a alguien? ¿Y más a mi propio hermano? ¡No tiene sentido! Además de la angustia que me provocaba la pérdida de mi hermano tendría que soportar una pena de entre diez y quince años, ya lo diría el juez.
Entre estas elucubraciones mentales oí un ruido que me hizo despertar de mi letargo reflexivo. Ah, era mi compañera de celda. Su obsesión por estar en continua actividad me ponía de los nervios. Pero sólo llevaba una semana en la cárcel. Sería mejor que cerrara la boca si no quería que mi estancia allí se complicara. Quería salir de la cárcel, sí, pero vivo y no directo al cementerio.
Una semana. Ciento sesenta y ocho horas. Las ciento sesenta y ocho horas más largas de mi vida… y lo que aún me quedaba.
Todo había cambiado en tan poco tiempo… De acostarse pronto y madrugar a la luz del alba a ni poder dormir y siquiera ver luz excepto en los treinta minutos que nos permitían salir al patio.
Decidí cambiar de actitud. Como dijo Charles Chaplin, “Nunca encontrarás un arco iris si estás mirando hacia abajo”
Tenía que dejar de pensar en lo mismo, no me llevaría a ninguna parte. Analicé minuciosamente mi reducido entorno. Un retrete, un lavabo, oxidados a más no poder, y una cama, o más bien una unión azarosa de trozos de madera encolados con pegamento de trabajos manuales. Una cama. Dos personas. Alguien tenía que dormir en el suelo, y mi fornida compañera no estaba muy de acuerdo con la idea. Me tocó resignarme, de nuevo.
De nuevo, otro sonido. Dudé entre si el sonido provenía del timbre que indicaba el momento de salir al patio o una urraca que se apoderaba de la megafonía del recinto. En cualquier caso, la molestia del ruido era la misma.
Por fin, aire puro. Bueno, más bien aire, pero me conformaba con poder inspirar y espirar sin dificultad. A pesar de llevar sólo una semana, mi sentido del olfato ya casi estaba acomodado a los nauseabundos olores a los que se enfrentaba a menudo.
Mi mirada se mantenía fija en un punto. El tiempo pasaba, pero no había nada que me apremiara a actuar. Esperaba algo: una explosión que hiciera volar la cárcel, una invasión alienígena, algún otro sonido sobrecogedor o, al menos, una visita. ¿Ya no me querían? ¿Tan poco tiempo habían necesitado para olvidarse de mí? ¿Creen que soy un monstruo?
Al menos, pasó algo. Lástima que fuera un empujón que me hizo caer de cabeza contra el suelo. Noté un fuerte mareo, y mis ojos se cerraron.
Cuando desperté, estaba en el mismo sitio. En el “mundo real” (como lo llamo yo) me hubieran atendido, identificado y me hubieran hecho pruebas para asegurarse de que me encontraba bien. Pero aquí no importaba a nadie. Pero sí que me querían vivo, tenían un protocolo anti-suicidio para los recién llegados como yo. Qué triste que haya gente que no valore su vida y se la quiera quitar. Hasta en mi caso, si dejo de vivir prefiero que haya sido por culpa de mala fortuna, o de otra persona o ser diferente a mí.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos horas? Como mucho un día.
Busqué un calendario rápidamente. 14 de febrero de 2022. ¡San Valentín! Qué más daba, mi novia estaba en Venezuela y no podría ir a visitarla como todos los años. Pero, con la emoción de la importancia de la fecha, no me había dado cuenta del año. Estábamos en 2016. Tenía que haber un error. Sí, un error de imprenta, probablemente… Todo se hace tan rápido ahora… Seguramente como es una cárcel y no importamos a la gente, habrán dejado ese calendario por poner alguno sin costes.
Intenté negar lo evidente, pero mis ojos se llenaron de lágrimas. No tuve siquiera la oportunidad de llorar: el guardia, al verme fuera de la celda a altas horas de la noche me inmovilizó y me llevó bruscamente a la celda. Mi compañera torció la mirada, y, al ver mi estado, me dejó la cama. Iba a agradecérselo, pero su cara me lo dijo todo.
Al día siguiente, me puse a investigar qué había cambiado durante esos 6 años. Había un pequeño espejo encima del lavabo, que reflejó a alguien que no era yo. Una barba casi kilométrica rodeaba mi cara y casi llegaba a mis pies. Me pregunté como no me había percatado antes, supongo que demasiadas emociones se aunaban y era imposible concentrarse en algo en concreto.
¿Cómo había sobrevivido? No tenía hambre, pero sabía que lo máximo que una persona puede aguantar sin comer son dos meses, y sin beber cinco días como muchísimo. Parecía ciencia ficción.
Escuché mi nombre por megafonía. Tenía visita. Intenté reconocer algún rostro, pero ninguno me resultó familiar. Eran tres hombres, uniformados, con una pajarita blanca que contrastaba con el negro del resto del conjunto, gafas de sol incluidas. Uno de ellos me habló, entregándome un sobre cuyo contenido era muy importante que mantuviera a salvo, según me decía. Yo asentí, y los tres hombres se fueron con la misma rapidez con la que habían venido.
Me disponía a abrir el sobre cuando uno de los vigilantes me lo arrebató. Lo abrió y empezó a leer.
Me puse pálido, el sudor recorría cada uno de los poros de la piel y mi corazón se aceleraba. Para mi sorpresa, me lo devolvió y me dijo que me gustaría.
Era todo muy raro.
Al leerlo, me sobresalté bastante
Querido Jorge:
Te echo de menos, cariño. No me he olvidado de ti. Por acá las noticias tardan bastante en llegar, pero siento mucho que estés en esta situación. Sé que eres inocente. Te esperaré.[…] Un beso.
Lo cierto es que las palabras de mi querida Mónica fueron un bálsamo para estos tiempos tan difíciles. Pero nada iba a cambiar por más que me quisiera. Todavía me quedaban cuatro años de condena.
Al dar la vuelta al papel, noté que era más grueso de lo normal. Mis sospechas se confirmaron al hacer incidir mi uña sobre el papel, de modo que se despegó una parte de la otra. ¡Era una pegatina!
El verdadero mensaje, el importante, era el que estaba tras las líneas que acababa de leer.
Hola, Jorge:
Soy Ben. No me recuerdas, ¿verdad? Pues yo a ti sí, y muy bien. Demasiado bien. Llevo observándote mucho tiempo, y admiro tu carácter, tu personalidad fuerte y tu bondad. Por eso he decidido ponerte a prueba. Yo maté a tu hermano. En realidad no era mi primera opción, pero tus padres estaban de viaje en Benidorm y no quería estropearles las vacaciones. Además, eras la persona que pasaba más tiempo con él, por lo que sabía que te convertirías en el principal, y único sospechoso. Y ante un único sospechoso, la condena sólo puede recaer en una sóla persona. Todo según lo planeado.
Para tu tranquilidad, decirte que tu hermano es un tipo duro de roer. Se resistió, a pesar de haberle despertado en medio de la noche. Pero, digamos que la muerte corrió más rápido.
A veces me cuesta dormir. Mi conciencia trata de molestarme diciéndome que lo que hice esta mal. Pero yo sé que no, es lo mejor.
No estoy loco… simplemente aburrido. Las clases en la Universidad me aburren, tanta trigonometría y filosofía, cuando lo mejor es dar lecciones de vida como la que te estoy dando yo a ti.
Esta es tu última oportunidad. Demuéstrame lo que has aprendido o mis tres “colegas” que has tenido el placer de conocer te darán un cálido “abrazo” de mi parte.
Sentí un pequeño escalofrío. El cabecilla de la operación era listo. Dice que me conocía… un tal Ben. Ni idea. Conocía a mi novia, incluso imitaba su letra a la perfección. Pero, lo que más me importaba en ese momento era que, era el culpable de la muerte de mi hermano.
Tanta inteligencia no le había servido de mucho. Esa carta era una prueba irrefutable de mi inocencia. Con comparar la letra con la de la firma de la base de datos de la policía sería suficiente.
Esperé ansioso los resultados de las pruebas. Cero coincidencias.
Me lo imaginaba, no podía ser tan fácil.
Mi última oportunidad. Algo iba a pasar esta noche. Tendría que demostrar que había aprendido algo. Pero ¿el qué?
Acostumbrado a la lentitud del paso del tiempo, ahora, con tanto que descubrir en tan poco tiempo, los segundos volaban.
Llegó la medianoche, y tenía algunas ideas más o menos claras. El mismo sonido que indicaba la hora de comer podía simbolizar la apertura de las puertas. Y nunca se come a medianoche.
Cientos de presos corrieron a tropel buscando la salida de la prisión. Yo fui demasiado lento. Sólo una sombra delante de mí, nadie en kilómetros a la redonda salvo algún guardia que, impotente, estaba paralizado sin saber qué hacer.
Con valentía, corrí hacia él tratando de embestirle. Él, con agilidad, se apartó y, aprovechándose de mi impulso en carrera, me dio un empujón. Con la velocidad que llevaba, caí de nuevo contra el suelo. Otro golpe en la cabeza. Esta vez mortal.
Abrí los ojos poco a poco. Estaba en una especie de cámara frigorífica, pero no hacía frío ni nada. La puerta se abrió y una voz metalizada dijo:
“Las pruebas han sido verificadas. Este dispositivo de realidad virtual funciona. Ya podemos implantarlo en consolas de todo el mundo.”
¡Me habían utilizado! Era un conejillo de indias para un experimento. Qué mal lo había pasado. Seguí pensando en las palabras de ese personaje, “demuéstrame lo que has aprendido”
¿Había aprendido algo de esta experiencia?
Pues sin duda sí, las injusticias están presentes en la vida. Pero, aún en esos momentos duros, lo mejor es mantener el ánimo y no venirse abajo. Mi final fue la muerte, una muerte fifticia pero igualmente inquietante. Pero no todos los finales son así.
Me reforcé en la idea de seguir aprendiendo para llegar a ser algún día un gran detective y poder ayudar a aquellos que sufrían como sufrí yo en aquel mundo.
Por mi contribución a los avances científicos, y en compensación a los daños causados, nada más y nada menos que diez años (seis de ellos inconsciente) multitud de sustos, me dieron una cantidad considerable de dinero. Invertí gran parte en unas buenas vacaciones con mi familia, y me casé con mi novia.
Ya han pasado otros diez años, y sigo recordando nítidamente todas y cada una de mis vivencias allí. Y no sólo eso, junto con mi mujer ya hemos ayudado a decenas de inocentes a estar en el lugar que merecen, o al menos en libertad.
Un sonido de una urraca me sobresaltó. Pero no era la hora de comer, sino el sonido de mi móvil, que me indicaba que tenía un nuevo caso por resolver. Me estiré, suspiré, y descolgué el teléfono.
- Jorge Suárez al aparato, ¿cuál es el problema?




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