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Pues aquí estoy

'On fire'

Publicado por spidrmancoy el 31/12/2016 · Categorías: Pensamientos, Creación, Amor, Misterio, Educación, Acción, Fantasía, Místico

ON FIRE

 

Había una vez, un hijo de un herrero que vivía cerca del castillo real, en la zona más poblada y conocida de la ciudad. Él observaba a su padre con admiración, fijándose en la delicadeza y precisión con la que empleaba sus herramientas.

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El nombre de este joven era Aristoteno. Un nublado día salió en busca de comida para su familia. Recorrió todos los puestos del mercado, pero con las pocas monedas que tenía apenas le llegaba para un poco de pan. La temporada dura había comenzado. Entonces recordó que su tía vivía no muy lejos de allí. Así que decidió ir a visitarla.

 

Pero cuando llegó no había nada, todo estaba destrozado, y entonces escuchó a alguien gritar:

 

- ¡El Dragón! ¡El Dragón! - dijo alguien

 

Aquel era el sobrenombre de un misterioso e impredecible guerrero, tapado por completo, que un día ayudaba a los pobres y al siguiente estaba arrasando la ciudad. Tenía un asombroso dominio del fuego, incluso podía tocarlo con las manos sin sufrir daños. Eso era útil para cocinar, pero también para destruir.

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Aristoteno no sabía qué hacer, no tenía ni idea de si estaba ahí para ayudar o para destruir. Así que decidió esconderse y antes, poner a su tía a salvo. Intentó interrogarla con delicadeza, pero la pobre mujer no podía proferir palabra.

 

El Dragón empezó a susurrar con su escudero acerca de matar al Rey y Aristoteno al escucharlo supo de inmediato lo que debía hacer. Había nacido con un corazón noble, había nacido para ser un héroe...

 

Corrió hacia palacio, algo resentido por una herida que se había hecho el día anterior con un hierro al rojo vivo, pero no se detuvo; incluso su fervor hacía el dolor menos perceptible para él. Observaba desde lejos al Dragón, y de repente el guerrero se paró en seco y gritó:

 

- Debemos salvar a la reina

 

Aristoteno se dio cuenta de que el Dragón estaba sufriendo una de sus escenas bipolares. Todo parecía ser un malentendido, pero entonces una flecha lanzada desde un lugar alto atravesó al guerrero, el escudero salió despavorido y cuando Aristoteno se acercó a auxiliar al guerrero descubrió que tenía en su mano una nota doblada que en la cara que quedaba a la vista decía:

 

“El secreto detrás de la corona”

El señor del fuego, dominador de un elemento tan potente, había caído por un ataque por la espalda. Por fortuna, su fuego vital aún no se había extinguido del todo, aunque su estado no parecía tener solución. Dirigió parte de sus últimas fuerzas hacia su mano para tratar de evitar que se desvelara el contenido de la nota. Pero no podía más. El mensaje era inaudito:

 

“El rey no es quien realmente dice ser”

 

Aristoteno cogió la nota, pero antes de irse el guerrero lo tocó y aunque él todavía no lo sabía le transmitió su poder del fuego.

Aún tenía que entrar al palacio, la llegada del Dragón le había distraído demasiado. Necesitaba un plan ingenioso, o, en este caso, aprovechar la discusión de los guardias sobre quién se merecía más el ascenso para pasar desapercibido. Pero no todo iba a ser tan fácil, si por algo destacaba el palacio era por sus avanzados sistemas mecánicos de seguridad.

Entonces cuando se encontraba dentro del castillo se acordó de que tenía que llevarle la comida a su padre, el cual cada vez tenía peor aspecto. He ahí el dilema moral: ¿qué vale más, una vida o cientos?

Decidió seguir adentrándose en el castillo, decidió la vida de cientos.

Por el camino hacia las profundidades de palacio se encontró con una espada y la cogió con miedo, como esperando que pasar algo. El diseño era hermoso y eficiente, la hoja estaba reluciente, tanto que se podía ver a sí mismo, observando su cara de asombro. Él no era un hombre de guerra, los máximos cortes que había hecho habían estado dirigidos a seres inertes. Y eso no debía cambiar.

Entonces ideó un plan, llegar hasta donde el rey, pero, ¿cómo lo haría? En ese momento vio un cartel que decía se busca y en él aparecía la foto de un hombre con barba, tez morena y ojos oscuros, un verdadero delincuente. Se fijó en la recompensa: “Al valiente que consiga capturar a Cortacadenas se le dará la mano de la hija del rey”

Cortacadenas... Otro mote. Tampoco quería dar muchas vueltas al origen de ese sobrenombre, lo más prudente sería salir de palacio e intentar llegar al rey de esa forma, capturando a Cortacadenas. Sería mucho menos arriesgada.

Preguntó a gente de la zona quién era ese tal Cortacadenas. Llevaba viviendo allí desde pequeño, pero lo cierto es que nunca había oído hablar de él.

Mucha gente conocía a Cortacadenas, pero nadie sabía el lugar donde se encontraba; cuando ya se había dado por vencido, un anciano que lo vio venir le dijo:

- Si buscas a Cortacadenas, primero debes encontrar el último árbol de hoja negra y después nadar a través del río de aire. Al final tendrás que vencer a su guardián y después de hacer todo eso, lo encontrarás.

 

Aristoteno no le dio tiempo ni de decir gracias; cuando se despistó dos segundos, el anciano desapareció.

Todo resultaba tan místico... Pero habiendo visto a un hombre controlar el fuego, nada parecía imposible.

Se dirigió a las afueras del pueblo, donde, a pesar del clima adverso y de las malas condiciones de la tierra, había germinado el bosque más frondoso del lugar, pero con una peculiaridad: muy pocos de estos árboles tenían hojas. Y los que las poseían, las tenían coloreadas completamente de negro. Muchos decían que era por los materiales que había en el suelo, otros hablaban de seres mitológicos. Encendió una antorcha y caminó a paso ligero y poco a poco aquello que creía imposible se iba haciendo muy real.

 

Caminó y caminó, y entonces pensó: ¿cómo voy a saber cuál es el último árbol si estoy en mitad de un bosque? Pero justo en este momento encontró una casa con un jardín con un único árbol, pero ese árbol tenía hojas rojas, no podía ser ese.

Al menos había encontrado una casa en medio de un enorme bosque. Eso era un logro. Llamó a la puerta con los nudillos, pero no obtuvo respuesta. Se apoyó por el cansancio y cayó de bruces al suelo. Estaba abierta. Un agradable señor saltó a su encuentro.

- Vaya, caras nuevas por aquí-dijo el señor

- Hola- respondió tenso- Estaba buscando...

- Sé a lo que vienes, joven.

- Pues ni yo sé a lo que vengo- dijo Aristoteno

- Produzco ese efecto en mis visitantes. Te haré memoria. ¿Buscas algo quizás?

- Pan y agua para no desmayar.

- Algo más.

- Sí, pero no creo que vos me puedas ayudar.

- Permíteme discrepar.

- Bueno, os escucho.

- ¿Cuál es tu nombre joven? Bueno, realmente ya lo sé, no gastes palabras. No debe ser de agrado escuchar a un viejo como yo, pero si entraste aquí fue por algo. Estaba tomando té, así que me debes una explicación por interrumpir mi descanso.

- ¿Por qué he de decirte algo que vos ya sabéis? -Aristoteno a veces mezclaba el tú y el vos, no estaba acostumbrado.

- Sabias palabras, pero, aunque yo sé lo que vos buscas no gastas saliva si confiesas lo que tu corazón anhela.

- Busco el último árbol con hojas negras.

- Te equivocas- dijo el Anciano.

- ¿Equivocarme yo? No será que vos debido a la edad alucina.

- No, mi joven amigo, que no te confundan mis arrugas, muy lúcida es mi mente, y vos lo que busca es el último árbol de hoja negra.

- ¿Qué diferencia hay?

- No es lo mismo poseer algo a que aquello forme parte de tu esencia. Cuidado con las palabras: espirar es símbolo de vida; expirar de muerte. Vos sois un ser con pulmones, pero no sois un ser de pulmones.

- No lo entiendo del todo.

- Me adaptaré a vuestra limitada comprensión del mundo. Sólo os diré una frase más: “La clave está en la esencia, algo básico”

- Ahí está el problema, hasta lo más básico me parece complejo.

- Ese es vuestro problema- respondió el Anciano, empujándole fuera de su casa- Suerte.

 

- El último árbol de hoja negra, el último árbol de hoja negra- se repetía a sí mismo Aristoteno. Estuvo un largo tiempo pensando y entonces exclamó:

 

- ¡Eureka, lo tengo! Fue corriendo a volver a tocar la casa del anciano.

- ¿Otra vez tú aquí? - dijo el anciano.

- Lo tengo, usted es Hoja Negra y lo que busco es su árbol.

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El anciano dejó caer una sonrisa en su rostro.

 

- Vaya, después de todo los jóvenes no sois tan despistados como pensaba... entra, dirígete al patio y coge lo que buscas- dijo el anciano.

 

Aunque en su interior no sabía lo que iba a hacer, anduvo hacia el patio. Allí había tres palos, de diferentes tamaños, y tres telas al lado de cada palo. No podía cargar con todo. Necesitaba la esencia, lo básico. Eso le había quedado claro.

 

Cogió el palo más largo, lo partió en unos cuantos más pequeños y se los llevó consigo. Cuando iba a hacer lo mismo con la tela, la cara de desaprobación del anciano le indicó que debía elegir.

 

Se quedó con los palos, y recordó las palabras que había escuchado horas antes: “nadar a través del río de aire” Como de costumbre, no entendía nada.

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Se sentó, recostando la espalda en el árbol, y entonces notó como una parte del árbol se abría. Resulta que en verdad el árbol era un puente a otra dimensión y cuando cayó escucho al anciano decirle.

 

- Suerte.

 

Estuvo cayendo durante horas, sin embargo, la caída parecía infinita, no conseguía ver el suelo. Y en ese momento lo supo, cuando unas corrientes de aire rozaban su pelo supo que se encontraba en el río de aire.

Se palpó los bolsillos. Aún conservaba los palos.

Metafóricamente, eso le hizo pensar en los palos que le había dado la vida. Había visto muchas cosas... y no olvidaba al Dragón. Estaba muerto, obviamente.

Notó un olor extraño y observó un humo que procedía de sus manos. Poco tiempo después, todo estaba en llamas. A pesar del viento que jugueteaba con su melena, el fuego iba aumentando y él no sufría daños. Sólo habían sido necesarios unos recuerdos para despertar algo que ya había visto antes. Sí, ahora él tenía el control.

 

El calor provocado por el fuego hizo que el aire, por su menor densidad al aumentar de temperatura, ascendiera, llevándole consigo. Sorprendentemente, sólo tardó tres minutos en ascender habiendo caído durante horas. Claro, estaba en un lugar completamente diferente.

 

Se encontraba en un lugar totalmente desierto, los árboles marchitos, no había vida, el tiempo se había detenido en ese lugar y las flores no maduraban. Pero ya no había vuelta atrás, ahora solo le tocaba encontrar al guardián del bandido y vencerlo.

 

“Si yo fuera un guardián, ¿dónde me escondería?”- pensó. Al levantar la vista del suelo y recuperarse del mareo del viaje se dio cuenta de la estupidez de su pregunta. Ante él se erigía majestuosa una fortaleza más grande que el palacio incluso. Tenía que ser allí.

 

Miró el palacio y entró ya que la puerta estaba abierta. La bienvenida fue intensa. Algo le impulsó a agacharse, casi involuntariamente; una lanza quedó clavada en la pared. Se dio la voz de alarma y en pocos segundos ya estaba rodeado completamente.

 

Muchos soldados con lanzas y detrás de ellos una estatua de piedra enorme con vida. De repente un soldado dijo:

 

- Guardia, ¿qué hacemos?

- Atacad- dijo la estatua a la que el soldado llamó Guardián.

 

Su instinto de supervivencia le hizo lanzar una llamarada de fuego que se expandió por toda la sala. Todos los guardias quedaron malheridos pero la estatua estaba intacta.

 

Ya no había nada que le impidiera avanzar. De hecho, tampoco lo necesitaba, estaba ahí, cara a cara, con el Guardián, quien no podía moverse. Todo se decantaba a su favor.

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Intentó lanzar fuego a la estatua, pero era imposible, era indestructible...

 

Todo quedó a oscuras, a la entrada del palacio no había ventanas, por lo que ni un ápice de luz podía entrar. El fuego volvió a brotar del cuerpo de Aristoteno, pero la estatua ya no estaba allí. A lo mejor no todo era como pensaba...

 

Después exclamó

 

- ¿Dónde estás, bellaco?

- Aquí- Aristoteno notó un escalofrío: estaba empapado, y aunque su fuego era poderoso, tanta agua acabó por extinguirlo.

 

Jajajajajaja- escuchó una voz

 

Y de repente una puerta ascendió del suelo y arriba había una inscripción: “Para vencerme debes atravesar el laberinto sin usar tu llama” (fuego)

 

Las paredes se habían descolocado y movido de modo que quedaban dispuestas en todas las direcciones creando obstáculos y trampas mortales. Y no sólo eso: el techo descendía a notable velocidad. Era una carrera contrarreloj. No quería morir aplastado.

 

Tenía que pensar velozmente qué debía hacer. Estaba totalmente atrapado. El techo se acercaba cada vez más.

 

Entonces se acordó de lo bien que se lo pasaba jugando con sus amigos en la plaza de enfrente de su casa. Sí, él era así, aún en los momentos más críticos no podía evitar pensar en otra cosa. Se pasaba el día saltando de un lado para otro, era bastante inquieto, y como era muy largo de decir inventó un nombre para ello: parkour. Desde entonces se utiliza actualmente.

 

Después de eso siguió pensando en cómo era capaz de pensar en cosas inútiles en casos tan extremos. En su mente se preguntaba ¿por qué yo? No era el más atlético, ni el más fuerte, ni el más ágil, además según sus amigos no era alguien “normal”, bueno ni siquiera tenía amigos, siempre metido en sus pensamientos, entonces se dio cuenta, por eso había sido elegido, había sido elegido porque no era alguien normal, era especial y como toda persona especial tomó una decisión que pudiera parecer estúpida. Se levantó y entonces intentó detener el techo con sus brazos, algo un poco estúpido porque como ya he dicho, no era alguien fuerte.

 

Necesitaba otro plan, ya que ese no había tenido mucho efecto que digamos. Entonces recordé lo que dijo el anciano: “Me adaptaré a vuestra limitada comprensión del mundo”

Era verdad, tenía una comprensión del mundo bastante limitada, y eso se debía a estar en su mundo constantemente. Tenía que haber una forma de equilibrar el mundo interior y el mundo real.

Aguzó su vista, tapándose la cara con la mano como si le molestara el sol, cosa que no pasaba, pero así parecía que se veía mejor. Entonces vio un pequeño hueco en el techo, seguramente sería una avería, eso sí, no lo suficientemente grande como para poder pasar siquiera su mano. Pero, ¿cómo llegar hasta un sitio tan alto? Bueno, teniendo en cuenta que el techo estaba bajando, lo que al principio parecía una altura insalvable ya era algo más asequible.

 

Saltó hacia el agujero que vio en el techo, consiguió llegar sin problemas, al parecer tantos años saltando por ahí le habían resultado efectivos, sin embargo, aunque sus pies eran bastante hábiles sus manos lo eran y cuando intento agarrarse resbaló y cayó otra vez. El techo empezaba a caer hacia él, no tenía escapatoria y cuando ya estaba tan cerca de él para aplastarlo, se detuvo. Se sorprendió bastante y entonces fijándose se dio cuenta que cuando estiró los brazos para “detener el techo” pulso un botón de apagado en 20 segundos. Después de que el techo se parara pudo pasar por el agujero sin problema, bueno “sin problema” sí que había un problema, no cabía por el agujero.

 

De nuevo, se puso a pensar. El ser cinco hermanos en su familia le había ayudado a contentarse con poco, ya que la comida duraba poco en la mesa y además sólo había dos habitaciones en la casa. Eso no hizo que cupiera, obviamente, pero sí que se le pasó el rato pensando en ello. Tenía que salir, allí ya no pintaba nada. Se puso a dar golpes al techo, buscando que se rompiera, pero la fuerza no era una de sus virtudes, sólo consiguió romperse la muñeca. Aunque sí que funcionó para algo, porque alguien escuchó el sonido:

 

- ¿Hay alguien ahí?

- ¡Yo, ayúdame!

- ¿Estás en el suelo?

- Es una larga historia, ábreme

- Esto no es una puerta, hombre. Buscaré la forma de sacarte de aquí.

 

El techo se desplomó de repente, debido a que el hombre estaba más bien rellenito, y ni el suelo pudo con él.

 

Cuando todo se desplomó, aparecieron en otra habitación, todo era surrealista, acababa de salir de una habitación para encontrase en otra y para colmo al final de la habitación había otra vez un agujero demasiado pequeño para entrar. Aristoteno miró al señor y éste le dijo.

 

-Puedes pasar por ahí, eso sí que es una puerta.

 

Aristoteno miró al señor extrañado y le contestó.

 

- ¿Cómo se supone que pase por ahí?

 

El señor le miró y sonrió.

 

-No todo es lo que parece.

 

Aristoteno se dirigió a la “puerta” y cuando más se iba acercando más grande era ésta, entonces se dio cuenta que todo había sido una ilusión óptica, de lejos parecía pequeña la puerta, pero de cerca era todo más grande, dio media vuelta para agradecer al hombre por el consejo, pero ya no estaba.

 

Al cruzar la puerta, dejó de estar mojado. Su poder del fuego se activó automáticamente, y se transformó en una especie de antorcha humana. A los pocos segundos, volvió a su forma original, aunque aún más asustado, ya que había muchas cadenas. Sería el hogar de Cortacadenas, por fin había llegado a su destino.

 

Sintió aire en su espalda, había alguien detrás. Un monstruo con la cara desfigurada, que en lugar de brazos y piernas tenía cadenas. De ahí su mote.

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Empezó a tirarle cadenas a mas no poder, pero misteriosamente Aristoteno las esquivó. Entonces de las manos de Aristoteno salió fuego directo a la cara de Cortacadenas, entonces éste se empezó a derretir. Y estaba, había sido todo tan fácil, bueno no tanto, pero se esperaba más pelea. Con el acero derretido se hizo una cadena (tenía conocimiento de herrería ya que su padre era herrero) para su novia, espera, no tenía novia.

 

Otra puerta, de nuevo, se abrió ante él. La cruzó, y estaba en el palacio del rey, en la sala del trono. Le dio rabia no haber descubierto antes la existencia de estas puertas, porque sólo habría tardado tres minutos en hacer lo que ha costado seis páginas narrar.

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Allí estaba el rey, diciéndole a su hija que colocara su habitación, que no se lo dejara todo a las criadas. Una escena atípica, pero muy familiar.

 

Cuando la vio quedó totalmente enamorado, fue un flechazo a primera vista, literalmente porque cuando apareció de repente el guardia le disparó una flecha que por suerte le rozó la ropa.

 

-intruso- gritó el guardia con un arco en la mano.

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- Dejadle en paz- dijo la princesa- que es muy guapo.

 

Los guardias retrocedieron, y el rey se quedó callado, parecía que más que rey sólo lo aparentaba.

 

- Bueno, ¿qué le trae por aquí, caballero? Me interesaría bastante saber cómo ha burlado mi seguridad, pero creo que ni vos ni yo tenemos tiempo.

- He derrotado a Cortacadenas.

- ¿Y qué pruebas tienes? Cualquiera se puede presentar aquí diciendo eso, y las palabras se las lleva el viento.

- Pues…

 

La verdad es que, después de todo lo que había pasado, no había contado con ese detalle, que le complicaba bastante las cosas. El rey estaba preparado para ordenar a los guardias que lo sacaran, pero de repente, el consejero del rey, que llevaba una placa en el pecho que decía: “consejero”, dijo.

 

- Un momento, yo fui testigo de cómo éste joven acabó con Cortacadenas.

 

Aristoteno pensó que ese señor que era bastante viejo no estaba ahí, sin embargo, no dijo nada porque le convenía.

 

El rey al escuchar el testimonio de su consejero, exclamó:

 

- ¡Por fin! ¡Nunca pensé que llegaría este momento! Hija, cásate con él.

 

Al contrario que en muchas otras narraciones de matrimonios concertados, la princesa estaba súper emocionada, ya que al no salir de palacio era de los pocos chicos que había visto.

 

El rey se acercó a Aristoteno extendiendo la mano como en señal de que le estaba pidiendo algo. Pero Aristoteno no entendió lo que le estaba intentando decir y lo que hizo fue abrazar al rey mientras le decía.

 

- A mis brazos suegro.

 

Sin embargo, el rey lo apartó y le preguntó.

 

- ¿Dónde está tu regalo?

 

Aristoteno preguntó:

 

- ¿Qué regalo?

 

El rey lo miró un poco desafiante y le dijo:

 

- Todo pretendiente de una princesa debe traer un regalo para ella antes de la boda en señal de su amor.

- ¡Ay va! ¡Se me había olvidado!

 

Pensó rápido, se echó la mano al bolsillo y sacó lo primero que pilló. Era un papel en sucio, lo tiró al suelo, y volvió a introducir su mano en el bolsillo. Ahora sí, ahí estaba la cadena. Se la entregó a la princesa.

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El rey le miró con descaro, quizá como pensando que era demasiado poca cosa para su maravillosa hija. Pero de nuevo, el entusiasmo de la princesa le salvó.

 

- ¡Gracias, mi amor!

 

La ceremonia fue muy rápida, de hecho, cogieron a un monje del monasterio vecino que ni tenía autorización para casar, él era un escriba, pero en la familia real eran muy de hacer las cosas a la desesperada, en todos los sentidos.

 

Tras la ceremonia, comenzó el baile. Aristoteno y su esposa empezaron a bailar una canción popular con muchos cambios de ritmo, y claro, el joven sabía todo lo que quisieras de herrería, pero bailar solamente lo hacía cuando tenía ganas de ir al baño y estaba ocupado.

 

Como era costumbre allí, el rey se puso a bailar con su hija recién casada, y entonces se le cayó algo al suelo. ¡Era una barba postiza!

No podía ser. Él era Carlos de Montealegre, el hermano gemelo del rey. Siempre se habían diferenciado porque tenía una enfermedad de crecimiento del pelo, y este estaba desterrado por traición, al haber entregado a varios inocentes a los enemigos en una de las últimas batallas por la conquista del territorio.

 

La princesa llamó a los guardias, prueba de su poca inteligencia era que había estado viviendo con su tío todo ese tiempo. Su padre había muerto a manos de Cortacadenas. Quiso llorar, pero el conflicto de emociones internas no se lo permitió.

 

Los guardias arrestaron a Carlos y se lo llevaron a las mazmorras.

 

Y Aristoteno miró en su bolsillo derecho. Tenía un papel, que en letras doradas y bordadas ponía: ‘Siempre he estado ahí’

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Miró a su alrededor, y vio el panorama: la princesa con momentos de alegría y tristeza, la mascota del rey que se había escapado de su jaula y estaba manchando todo de comida, y al anciano, que, de repente, se convirtió en el señor gordo que había visto antes, y después en el otro anciano que le había ayudado, y por último en el consejero del rey.

 

Había cumplido su misión. El sólo no hubiera podido. Con la ayuda de su poder de fuego y de aquel amable y poderoso anciano, había vencido.

 

Se casó con la princesa que, aunque no era muy inteligente era bastante agraciada a la vista. Tenía el pelo verde, algo poco inusual pero que combinaba a la perfección con sus ojos mieles.

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El reino prosperó bajo el mandato de Aristoteno, construyó la Universidad de Salamanca e inventó los hospitales, especialmente se centró en la cauterización de las heridas con fuego.

 

Pero si creéis que esto ha terminado aquí estáis equivocados, esto solo acababa de empezar

 

Algunos años después.

 

Mientras Aristoteno dormía plácidamente, la princesa (que por cierto se llamaba Esmeralda) lo observaba de una forma un poco psicópata y entonces ella sonrió, se frotó las manos y dijo:

 

-Todo ha salido como lo he planeado.

 

FIN

 

 

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Comentarios

  1. javiolonchelo13

    javiolonchelo13 - hace más de 9 años

    °_° Ese final ha sido muy inesperado, tal vez un poco impactante. Han pasado muchas cosas en no muchas palabras, y eso, creas o no, le suma emoción a las cosas XD

  2. cecil

    cecil - hace más de 9 años

    En el principio no he podido evitarme del juego Dark Souls, en parte porque el herrero es Andre de Astora, un herrero mu majo y mu mazado jajaja, el tipo que controla el fuego me ha recordado bastante a uno de los boses y en definitva, me ha gustado bastante, pero esta lo que viene a ser muy distraido y he tardado casi media hora en terminarlo jajaja.

  3. spidrmancoy

    spidrmancoy - hace más de 9 años

    Buena parte de esta historia la hicimos los primeros días de clase, concretamente en Historia. Luego ya descubrimos lo que era escuchar, pero estábamos inspirados. Y digo la hicimos, porque la hice con un amigo mío. La idea del control de los elementos me vino por un anime que vi hace tiempo, y lo tratamos de mezclar un poco al estilo medieval, místico. Y en cuanto al final, lo acabamos justo unas horas antes de 2017, ya queríamos dejar la historia acabada porque lo que iba a ser un relato corto se estaba desmadrando mucho :) Me alegro que os haya gustado

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