Paseos inolvidables
Si no lo conocéis aún, os presento a un anciano al que le encantaba pasear. Madrugaba bastante, fuera verano o invierno y se recorría todo el pueblo, pasándose toda la mañana fuera. A pesar de ser un pueblo, Togolgalpa estaba en el límite entre pueblo y ciudad, por lo que siempre había gente nueva a la que encontrarte, y por supuesto, también viejos conocidos.
Tampoco es que tuviera un recorrido fijo: cada día empezaba por un lugar diferente, y la gente lo veía como un señor impredecible: nunca sabías cuando te lo ibas a encontrar, pero si algún día no lo veías era porque algo le había pasado. Bueno, o porque era domingo, también tenía que descansar el pobre hombre.
A pesar de su edad, tendría unos setenta años, era muy jovial y siempre mostraba mucho entusiasmo, era muy agradable con la gente, siempre tenía una nueva historia que contar, también había pasado por mucho: hambre, guerras, tragedias... y había estado a punto de morir en varias ocasiones, de muchas maneras, desde la más absurdo a la más cruel.
Por ejemplo, tras la muerte de su esposa, estuvo unos días recluido en su casa en señal de duelo. Pero no vivía atormentado por su pasado, no era melancólico. Vivía el presente, trataba de dar lo mejor de sí y sacar lo mejor de los demás. Y lo conseguía.
Así que fácilmente te podías encontrar este panorama en la calle:
Un niño llorando desconsolado porque su madre no le da dinero para comprarse la peonza que vcaba de ver por la tele (que es igual que las demás, pero tiene un nombre chulo), y al ver pasar al anciano, se calmaba. Transmitía por un lado serenidad a la par que jovialidad. Era cuánto menos curioso, y una bendición para el pueblo.
De algún modo era como 'El Encantador de Perros', era un señor encantador. Era como el flautista de Hamelín pero sin flauta, y no vivía en Hamelín, sino en Togolgalpa.
Un día, cuando iba a venir un inspector a verificar el estado del pueblo (casi ciudad, repito), el ayuntamiento decidió especializar a gente de forma gratuita como guías turísticos, en un curso de una semana sobre la historia, los lugares más emblemáticos, y ese tipo de cosas. Tenían instrucciones de que si pasaba este señor tenían que presentárselo e invitar a las personas a saludarle y hablar con él. Eso era muestra de lo querido y apreciado que era, incluso muchos venían de otros pueblos para conocer a ese señor.
No olvidemos que el anciano era humano, no siempre se encontraba de buen humor. Había gente un poco exigente, unos decían: 'me lo he encontrado pero esperaba más' "Pues para seres que estén siempre con la misma cara, mejor id a un museo" - pensaba él.
Incluso se adaptaba a la gente con la que hablaba. Internet era demasiado para él, pero curioseaba en los periódicos noticias de todos los ámbitos para poder hablar con niños, jóvenes, viejóvenes... vamos, con cualquiera...
Eso sí, no todo era perfecto. Tenía una manía un poco peculiar, que a veces incluso molestaba a la gente. En algún momento de la conversación te introducía una palabra de forma sutil, sin aparente significado. Algunos la pasaban por alto, pero a veces las indirectas eran más bien directas, incluso a veces tocaba temas delicados, y sabía información que se suponía que no tenía que saber. Pero normalmente eran cosas simples y cotidianas como, por ejemplo:
En un bar estaba hablando de un tema polémico con un camarero mientras le acababa de servir , y dice 'pues a mí la verdad me importa un pepino' Precisamente había pedido la especialidad de la casa, filete con pepino (la gastronomía allí también es rara), y no le habían puesto el pepino.
Este anciano además de leer escribía, no se sabía de dónde sacaba el tiempo. Tenía un diario donde contaba con quién se había encontrado, pero no apuntaba mucho lo que había hecho en el día por ese lema de 'vivir en el presente, y no quedarse estancado en el pasado' Incluso enseñaba su diario a cualquier persona, porque no tenía nada que ocultar. Llevaba cinco años usando el mismo cuaderno, y había gastado apenas un cuarto de todas las hojas.
Al cabo del tiempo, se le empezó a ver cada vez menos. Dejó de salir cada día y empezó a salir una vez a la semana. Luego una vez al mes. Luego cada trimestre. Y después, cada año.
El día que salía se declaró día festivo para que también los niños se pudieran encontrar al anciano. Nadie se atrevía a preguntarle por qué no salía, de hecho ni siquiera sabían su nombre, ni dónde vivía, simplemente era 'el hombre de todos los días' Quizás habían aceptado que se preocuparan por ellos pero jamás se habían preocupado por aquel hombre. Y claro, todos necesitamos cariño. Uno no puede estar dando todo el rato a los demás. La gente se lo agradecía, pero... un 'gracias' a veces no es suficiente.
Todo el pueblo se puso en marcha, un día, así por qué sí. Cogieron el censo, se fueron a la Policía, y le exigieron que les dijeran sus datos personales. Eso era totalmente ilegal, pero con tesón consiguieron la información. Una negligencia que en otras circunstancias podía haber sido peligrosa, pero en este caso esa información no sería mal utilizada, ni mucho menos.
Poco a poco se dieron cuenta de que el hombre había enfermado. Sí, por eso sólo salía una vez a la semana, era la vez que tenía cita en el médico. Las citas se fueron alargando, hasta que la enfermedad se agravó tanto que el médico iba a su casa en lugar de hacerle venir a él, por lo que sólo salía una vez al año.
El anciano, con la mirada perdida, oyó el sonido del timbre. Ese timbre que tanto tiempo llevaba sin sonar...
Era un niño pequeño y risueño. El caso es que le resultaba familiar, pero como conocía a tanta gente no se acordaba.
- ¡Hola! ¡Tú me ayudaste a hacer los deberes con eso que no me salía! ¡Me dijiste que el lema de Madrid era 'La suma de todos', y claro, en ese ejercicio había que sumar!
El anciano no tuvo mayor opción que sonreír.
- ¿Cómo estás? He oído que estás malito
- Bien, aquí estoy jovenzuelo.
- ¿Pero, qué te pasa?
Mientras pensaba la forma de explicarle su situación apta para un niño, el timbre volvió a sonar muchas veces. La casa se llenó de gente, y en lugar de salir él, ahora la gente venía a borbotones diariamente a preocuparse por él. Incluso sus propios familiares tenían que esperar cola para verle.
PEl anciano murió de viejo, pero se consiguió recuperar de la enfermedad. Quizás por ese carácter tan impetuoso, y sin duda, por el apoyo de los que le rodeaban. En eso consiste la vida: dar y recibir, y no sólo collejas.
En música, existe la clave de sol, la clave de fa... Pero debería existir un nuevo símbolo: la clave de cariño.
Porque el cariño es la clave




Comentarios
javiolonchelo13 - hace más de 9 años
Jope, escribes muy bien! Enlazar cada palabra de esa manera... Hay pocos que lo consiguen
spidrmancoy - hace más de 9 años
Muchas gracias. :) Tengo que dejar de usar tantos juegos de palabras, pero es que cuando se me ocurren me cuesta mucho resistirme jajaja
brujitayaesguia - hace más de 9 años
Que chulada me ha gustado mucho.
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