Trabajo de Lengua: Historia a partir de foto
El otro día mi profesora de Lengua nos mandó que hiciéramos un relato sobre una foto que eligiéramos. Pues bien, aquí tenéis el mío:
Tenía sólo 8 años. Mucho miedo, mucha angustia, porque no se escapara. Lo más valioso que me quedaba.
Hace tan sólo un año, había empezado segundo de primaria. El primer día, muy tímido, como siempre, sin saber adónde mirar y buscando un refugio en mi mundo de las nubes o en los dos compañeros que me quedaban del año pasado. Los demás compañeros eran muy raros. Se reían de todos y de todo, no respetaban a los profesores, no hacían nunca los deberes… Me sentía un bicho raro, yo era el típico empollón responsable que siempre llevaba todo al día, estudiaba y sacaba suficientes en Educación Física.
No sólo eran así, sino que se dedicaban a molestar a los tipos como yo. Un día me quitaban el bocadillo, otro me bajaban los pantalones, otro me ridiculizaban delante de mis antiguos compañeros y de la chica que me gustaba… No podía más, pero seguía aguantando. No bajaba el rendimiento en clase, aunque luego en casa estaba insoportable. Y, sin darme cuenta, iba pasando el tiempo e iba cambiando mi actitud. Ya no era el niño 10, mis calificaciones y mi actitud descendían proporcionalmente, y a un ritmo vertiginoso. Me empecé a sentir muy triste, y muy sólo, desesperado. Ya sólo quedaba mes y medio para terminar el curso pero, tenía que hacer algo. ¿Pegarles? Eran más y más fuertes. ¿Hablar con ellos? Iba a recibir, y no precisamente una buena respuesta. “Si no puedes con tu enemigo, únete a ellos” Con esa frase por fin entendí a mi subconsciente. Quería que cambiara, y me iba volviendo cada vez más rebelde y testarudo. Los profesores y mis padres se alarmaron mucho, e intentaron hablar conmigo, e incluso me llevaron a un psicólogo. Pero nada. Ni una palabra. Cada día que pasaba me iba reafirmando en mi postura y miraba a mi alrededor, aparentemente les iba muy bien. Nunca contaron nada de una regañina en casa por las notas, ni vinieron alguna vez tristes a clase. Siempre con ganas de hacer el tonto, y contando que se fueron a Disneylandia, al parque de atracciones, a ver al Real Madrid… todas esas cosas que portándome bien no había conseguido hacer. Pues así hice: faltando el respeto a todo el mundo y vagueando me hice un sitio en el grupo. Me llamaban siempre que bajaban a jugar al fútbol, hacer graffitis, tirar petardos… Al principio me molestaba un poco la conciencia, pero como que me acostumbré.
Todo parecía ir bien, había acabado ya el curso, todas las materias suspensas con un 0 por no presentarse al examen, el reconocimiento de mis “amigos”… Hasta que ocurrió lo que para mí era impensable. Se nos había colado el balón a un árbol, y me pidieron que me subiera, que después ellos me ayudarían a bajar. Como mi inteligencia es inversamente proporcional a mi agilidad física, les pedí que por favor subiera cualquiera de ellos, que seguro que lo harían más fácil y rápidamente. Pero me explicaron que era como prueba de valía, si lo conseguía formaría parte de su grupo para siempre. Cuando subí unos 10 metros trepando a duras penas, con el balón en las manos y un miedo que me invadía, me giré hacia donde estaban mis “amigos” para pedirles que me ayudaran a bajar, como me habían prometido. Hacia donde estaban, sí, porque se habían ido sigilosamente y me habían dejado en el árbol. Estuve tres horas gritando y pidiendo ayuda, sin atreverme a bajar por miedo a romperme algo o incluso a matarme. Alguien que pasaba por allí me oyó y por fin me ayudó a bajar. Días más tarde, vi en las noticias que mi vídeo era muy popular en Internet. ¿Qué vídeo?
Lo comprendí todo al instante. Me habían traicionado. Me habían ridiculizado de nuevo. Y lo peor de todo, ahora no sólo me veían mis conocidos, sino todo el mundo. Por eso me subí a este monte y me hice esta foto simbólica. Aparezco yo, sujetando la puerta de una caja fuerte, en cuyo interior está la amistad. Mi rostro denota miedo, incertidumbre. Porque si la amistad no es verdadera, se puede ir en cualquier momento, y no hay que querer ser como los demás para que te acepten, sino mostrarte tal y cómo eres. Tendrás que esforzarte para ser un buen amigo, pero sin que eso te cambie completamente. Porque si no, en cualquier momento esa caja fuerte se abrirá. Y te sentirás vacío, con un tiempo perdido a tus espaldas y con mucha culpabilidad.
Ahora tengo 43, soy profesor de Educación Física, paradójicamente, y la lección aún no se me ha olvidado. Veo esta foto cada mañana, y todo el instituto, y ahora vosotros, conocéis mi historia.
Que no se os olvide.



Comentarios
No se pueden incorporar más comentarios a este blog.