Viaje en globo
Todos hemos tenido alguna vez un globo de helio. Y puede que a muchos se les haya escapado y los hayan visto volar, y marcharse. Pero pocos saben lo que un globo de helio siente en cada momento. Tras años de investigación, he logrado recabar un testimonio:
Me hicieron en menos de un segundo, pero no soy el único en el mundo ni mucho menos. Cada día se hacen miles como yo, pero jamás ninguno vivió lo que yo.
Necesito gas para ser quien soy, especialmente helio. Soy de color rojo brillante, y en este momento estoy en un puesto ambulante. Me venden a 10€, precio que comparado con los céntimos que ha costado mi fabricación... digamos que permite obtener muchos beneficios.

Como véis, somos familia numerosa, pero no nos hacen descuento en nada. Bueno, básicamente porque, no compramos, nos compran. Estuve un par de días en ese puesto balanceándome de un lado a otro por un ventilador que estaba cerca de mí. Noté como a veces alguien me tocaba, e ilusionado, esperaba el momento de oír el sonido de la caja registradora de mi dueño y cambiar de aires, algo muy familiar para un globo desde el momento en que lo hinchan.
Tras varias delusiones, por fin llegó el momento. De repente, comencé a ver, a oler y a poder hablar, pero en mi idioma imperceptible por los humanos ya que con un bonito rotulador negro me pintó unos ojos achinados, una nariz respingona y una boca con la lengua afuera. Era muy incómodo estar constantemente así, pero qué le iba a hacer, la forma de un globo depende de su propietario, a no ser que vengan predeterminados como mis primos lejanos, que tienen un dibujo de Bob Esponja, Barbie y así por el estilo.
El niño que me compró era muy hiperactivo, no paraba de dar vueltas de un sitio para otro, aunque a mí no me importaba, llevaba parado desde que nací y me encantaba esa actividad. El problema es que se tropezó consigo mismo, se cayó, y para protegerse del impacto me soltó al apoyar las manos en el suelo. Entre el dolor del golpe y el dolor sentimental por verme como, irremediablemente, me marchaba volando (soy así, tengo altas aspiraciones) el niño estaba desolado.
La forma de mi nariz me permitía captar un montón de olores. Lástima que, al ascender por los aires, me ahogaba con la enorme contaminación que había, qué pena que no haya panaderías aéreas. Aunque yo ya estoy bastante rellenito, no puedo comer nada más, ese olor sería maravilloso. O, en su defecto, el maravilloso olor a pegamento o a libro nuevo.
Seguí subiendo, puesto que no tenía otra cosa que hacer, y por fortuna para mí me enganché en el ala izqueirda de un avión. Por fortuna para mí, pero por desgracia para los pasajeros, pues obstaculizaba la visión del piloto además de desequilibrar el peso entre las dos alas, ya que tiraba de una hacia arriba. Sí, un globo poniendo en riesgo la vida de cientos de personas. Ya, yo tampoco me lo creo.
No hubo muertes ni heridos, y menos mal; el avión cayó sobre el parking de una empresa de colchones gigantes.
Uno de los pasajeros, concretamente un bebé, se agarró a mí y empezó a flotar. Sus padres lo capturaron a tiempo antes de que le secuestrara involuntariamente (ojalá me hubieran dibujado brazos) Me chupeteó y me mordió, pero no me explotó porque no tenía dientes. Estuvimos un ratito juntos hasta que su hermano mayor me arrebató del bebé (o la bebé, no lo sabía con seguridad)
Qué aberracíón lo que me hizo. Deshizo el maravilloso nudo tan elegante que llevaba y me abrió, robándome el helio para que pasara por sus cuerdas vocales, modificando su vibración y poniéndole voz aguda.
No todos los humanos son buenos con los globos.
También tiró de mis extremos para hacerme sufrir poco a poco, mientras yo gemía con un conocido e irritante sonido suplicando clemencia. Era tarde, cuando me quise dar cuenta, mis ojos, mi boca y mi nariz estaban a tan solo milímetros, de modo que me sentía a mi mismo.
Y todo se volvió oscuro. Arrugado, pisoteado y a la papelera. Así es la muerte de un globo.
Hay que ser positivos. Los globos no suelen durar demasiado, y yo, aunque de helio, era un globo.
Por lo menos mi historia es mejor que la de mi hermano: el globo de agua. Lo introdujeron en el grifo y se rompió antes de poder abrirlo.
Mi tío sufría problemas por mala postura. Era un globo de globoflexia.
Y la mayoría de mi familia, que eran globos clásicos, recibían multitud de golpes y patadas, e incluso los explotaban con alfileres.
Me alegro de ser quien soy.
Lo bueno de los globos es que nunca mueren. Hay una larga cadena, tanto de colores como de función, por ejemplo, los globos de agua se transforman en globos de helio, los de helio en globoflexia... los azules en rojos, los rojos en amarillos...
Así que si véis un globo amarillo... lo más probable es que no sea yo. Hay muchos globos en el mundo. Pero acordáos de mi historia, y, por favor, no le dibujéis la lengua fuera.



Comentarios
meibiparty - hace más de 9 años
muy fan tuya
No se pueden incorporar más comentarios a este blog.