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Un mundo sobre mi avión de papel

Todo lo que la vida pintó de negro

Publicado por julialalala el 05/09/2014 · Categorías: Pensamientos, Creación, Sobre mí

Aseguro que no sabes lo que duele. No sabes lo que se siente. Lo que pesa en tu cabeza, lo profundo que te toca el corazón. No conoces la frustración, lo profundo,  lo que es vivir en algo que no sabes si es pesadilla en tu cabeza o realidad frente a tus ojos. Pensar que no estás bien. Aterrorizarte de ti mismo, no entender por qué es así. No sabes lo difícil que es en el interior, ni lo que cuesta expresarlo al exterior. No lo entiendes, aunque entiendo que no es fácil hacerlo, verlo, compartirlo, sentir el miedo. No lo entiendes.

Esa presión en el pecho, tal vez por aquello que se grabó en el corazón y nunca volvió a ser igual. Un adiós a lo que más quieres sin despedida. No entiendes qué es la calidez fría en las mejillas frente al espejo del baño. Madurar, darte cuenta de que nada podía ser un cuento de hadas toda la vida.

No entiendes lo que fue la presión de la sociedad, tal vez por no encontrar tu sitio, por tantos adiós sin despedida, tantos accidentes con la vida, apostar por lo inalcanzable, por aquello a lo que no entiendes por qué pero ya no importas, y chocarte, tras darte cuenta de ello, con aquello que no tiene salida, habitación blanca de  cuatro paredes… No entiendes que ello fue lo que te hizo ser así y comienzas a sentir cómo el metal se ata a tu cuerpo formando cadenas  sobre lo que antes había estado libre, vestido de blanco.

Y ahí está el silencio, pegado al miedo, o tal vez a las comidas viendo la televisión,  a las noches en vela pensando que más allá de ese blanco y gastado techo se encuentran las estrellas más bonitas que jamás viste. Silencio sin nada de afecto, que no duele, que sólo pasa y vuelve con todas aquellas cosas que querrías decir pero no debes por la falta de credibilidad, de acercamiento, de amor. Y junto al silencio, las vueltas por la autopista con un millón de salidas que cambian y confunden, que llevan a heridas pasadas que creías imposibles, o curvas en el cemento que se giran para llevarte al camino contrario. Nada está claro en esa cabeza de asfalto que comienza a pesar con toda esa carretera que tiene comienzo pero no final.

Y sobre ellas un coche gastado que quema sus ruedas con un copiloto de primera, el único real irreal que acompaña, siempre callado y que mira al frente con mirada segura pero dolida por no poder mejorar la situación, por ser tan opaco como el viento, por sólo poder dejarse ver cuando entrelazas tus dedos con el aire, hablas en susurros a medianoche o te acurrucas y te abraza mientras duermes, con brazos etéreos.

A él siempre le preguntas el porqué, por qué está todo a ese volumen tan alto si yo no quería nada malo, de verdad. Asustarte, clavarte las uñas, frío polar en tus entrañas, respiración dolida, cabeza gacha. Preguntarle si de verdad soy todo aquello que dicen de mí, si nació para hacer daño aunque la tachen de víctima. Él tampoco lo entiende, pero de una forma diferente. Sólo se limita a meter nubes en el cuerpo para calmar el dolor de esa cadena pegada a una caja marrón, pequeña y llena de papeles que lleva un nombre vital.

Marcas de guerra interna, exigencias extremas, vida intranquila con esa tabla pegada a tu columna vertebral, ese “mejora” continuo, el “no eres suficiente” o el “todo va a salir mal”. El “tengo miedo y falta amor”, y el “sobras”,  real o irreal, pero que no terminas de distinguir. La falta de apoyo, de alguien que no diga adiós sin razón, pues por experiencia crees en ello y te falla, te reconcome. Poder decir lo que piensas, lo que sientes. Decirle que no te gusta que te escriba esos emoticones por Whatsapp antes de veros porque sientes que te gustaría verlos en su cara, y sonreír. Decirle que mira que es idiota. Decirle que es más de lo que piensa, casi como un beso antes de rozar los labios. Decir todo esto y más, apoyarse en un hombro y que no se desvanezca todo como arena, como el tiempo, como los buenos momentos. Que la boca no se torne de arriba a abajo cuando te des cuenta de que nada es real, que sólo es una cosa más que olvidar, como todos esos gritos al borde del precipicio o los rasguños frente a la cama.

Pero inolvidable, al igual que olvidar, también ocupa un lugar. Río cargado de dudas constantes que no entienden por qué hay que estar fuera de su cauce, de lo normal, de las vidas en las que hay sonrisas y lágrimas, tartas que compartir, o banquete de todo un poco en el que no haya meses de mareo o miedos que no terminas de superar. Banquete con dulces y sin dudas en las que sí decir “te quiero” es lo correcto, saber que importas.  Banquete con el que poder acabar con el postre que deseas, una sonrisa de Whatsapp sin que haya más problemas, que entienda lo que él es, lo que tú eres.

Y sabes la solución al problema del río antes de que acabe el examen. Que solo es falta de cariño, de abrazos, de comprensión sin heridas, de no criticar. De dejar pasar el aire y abrir la ventana, de hacer un todos en conjunto. Que es cuestión de una fiesta sorpresa en la que el cartel protagonista es el tuyo, y es que las fiestas dicen mucho de la vida. Cuestión de amigos como los que tiene el río, que nacen en la montaña y te acompañen hasta el mar.

Pero nada es así, no lo entiendes. Y una vez acabado el texto, sólo queda afrontar sin ningún método la realidad, la agobiante rutina, respiraciones profundas. Volver al principio del texto, al no lo entiendes, y no lo entenderás, y duele. Afrontar la realidad, ¿O tal vez lo irreal?

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Comentarios

  1. rocky.el.pollo.jefe

    rocky.el.pollo.jefe - hace más de 11 años

    Me ha encantado leerte, de hecho, he hecho varias pausas, porque dices cosas que me han inspirado tanto a escribir al reflejarme en varias frases, como que también, me han servido tus palabras para volver a leer antes de ir a dormir, muchas gracias

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