Lloviendo y con gafas de sol. Capítulo 1.
Aquella oscuridad que me rodeaba era tan tranquila que todo mi ser se sentía como si estuviera flotando en una nube. Sentía como si el vacío rodeara todo mi cuerpo, como si estuviera nadando entre algodones y mis pequeños ojos nunca quisieran abrirse. Ese vacío que no era nada y a la vez me llenaba tanto, esa tranquilidad que completaba mi alma. Era como escuchar todo y no oír nada. Ese cúmulo de sensaciones que quedaban atrapadas en un fondo negro, en una tranquilidad anhelada.
Pero toda esa magia se rompía al escuchar el pitido del microondas mientras el olor a magdalenas llegaba a mi nariz y el tictac de la cuchara chocando contra la taza inundaba mis oídos al ritmo de los pasos de mi abuela. Yo me hacía la dormida, inconscientemente no quería que la realidad rompiera ese oscuro y armonizador vacío. Mientras, tumbada en esa cama gigantesca, en frente del armario del salón, abría la boca y notaba como una cucharada de magdalenas se metía en ella. Seguramente, mi abuela me observaba a la vez que yo disfrutaba de ese manjar que tanto me gustaba. Y cuando la taza se vaciaba, tocaba abrir los ojos y decirle adiós a ese vacío con el que cada noche soñaba.
Aún recuerdo lo nerviosa que estaba mientras mi abuela vestía mi minúsculo cuerpo, los tirones de pelo que me daba cuando me peinaba, aquella coleta que tanto odiaba. Y es que, por fin llegaba lo tan ansiado, mi primer día de colegio.
Ya preparada, mi madre esperaba en la puerta. Caminaba agarrada de su mano, riendo, saltando mientras me imaginaba como sería aquello. Después de aquel corto camino que parecía tan largo, por fin llegamos.
No era como yo me esperaba, todos los niños lloraban como si hubiera llegado el día en el que su vida acabara. ¿Por qué tantas lágrimas? ¿Acaso no sabían que sus padres volverían? Entramos en una clase llena de colores y muñecos, las paredes eran azuladas, y tenía dos pizarras. No había pupitres por ningún sitio y dos profesoras esperaban la llegada de todos sus alumnos. Una era mucho más mayor que la otra, la cual nos iba a dar clase durante ese año. Su nariz alargada, su pelo canoso y su chepuda espalda me producían escalofríos pero aquella sonrisa y mirada, tan benévolas, supieron armonizar mi nerviosismo.
Recuerdo como mis pequeñas manos empujaban a mi madre y la gritaban que se marchara. Desde un principio yo nunca quise ser igual que los demás; no quería llorar, tenía ganas de jugar, conocer nuevos amigos, sentir qué es eso de ir al colegio.
Esa sensación extraña que recorría mi cuerpo; como la angustia viajaba por cada esquina de esa sala mientras aquellas dos profesoras desquiciadas intentaban sonreírle a cada criatura mientras ésta lloraba. La más joven, no sé cómo se llamaba, se acercó a mí y me dijo que jugara con una niña que entre lágrimas me miraba.
Entonces, me acerqué a ella y le pregunté su nombre. En ese momento no era consciente de la gran amistad que con ese simple gesto empezaba.
-¿Por qué lloras?- Pregunté sin obtener respuesta. No me hablaba, ¿estaría enfadada? Hice amago de coger una de las piezas con las que jugaba y aun así no hacía nada, solo me miraba. -¿Cómo te llamas- Volví a intentarlo con la esperanza de que me contestara.
-Gemma- contestaba mientras giraba la cara con un gesto de enfadada mientras secaba sus lágrimas.
Gemma era el nombre poseedor de aquel cuerpecito tan delicado, delgado; las pecas inundaban su blanquecina cara, la cual mostraba unos gigantescos ojos marrones y unas pestañas muy alargadas y negras, al igual que su pelo. Ese pelo oscuro y liso que siempre tapaba sus orejas junto a una diadema. Esa fue la primera imagen que tuve de ella.
Ese día no pasó en vano, pues después de un tiempo acabamos jugando; al final, ir al colegio no parecía tan malo cuando tienes a alguien al lado.
Ese día acabó con una nueva sensación que almacenar en el cuerpo: el primer recuerdo que guardar en ese vacío que armonizaba mi cuerpo.
No tardó en llegar la mañana siguiente. Otra vez mi abuela me regalaba un desayuno en la cama pero, esta vez, yo disfrutaba del recuerdo de esa nueva cara. De nuevo llegaron los tirones en el pelo, el frío al desnudar mi cuerpo para vestir un chándal. Hoy mi madre ya no estaba en la puerta, sonriéndome, ofreciéndome su mano para que me apoyara en ella. ¿Dónde estaba?
Entré en una clase que parecía diferente a la del día anterior, los pupitres escondían los muñecos y colores, los niños ya no lloraban, se callaban y escuchaban a una vieja anciana que como Josefa se presentaba.
Esa mujer tenía una mirada fuerte, una sonrisa apasionada, de sus labios quebrados por el tiempo se escapaban palabras bien pensadas; esa mujer fue la que me empezó a enseñar el significado de la verdadera vida sin que yo apenas me diera cuenta. Pues solo tenía tres años y sus palabras levemente me importaban; yo quería jugar, dejar mi imaginación volar junto al viento que se chocaba contra la ventana.
Aún viene a mi cabeza ese septiembre tan frío que con el paso de tan solo dos días se volvió un poco más cálido pues los corazones de la gente empezaban a formar parte de mi vida. Sentía esa sensación tan extraña, notaba como todo el mundo me protegía mientras yo corría y sonreía como la niña que por aquel entonces era. Y cuando llegaba la hora de ponerse serios, me sentaba y obedecía mientras observaba como aquella buena mujer sonreía a pesar del cansancio acumulado por los años vividos.
Los días pasaban tan rápido que apenas me daba tiempo a asimilar lo que estaba pasando; mi vida estaba empezando. Sin darme cuenta acabé rodeada de cuatro amigos, mis cuatro mejores amigos. También conocí a una chica que no iba a mi escuela, ella era dos años más mayor que yo y siempre coincidíamos en el parque. Vivía en un edificio detrás del mío, su nombre era Andrea: una chica alta, un poco delgada, muy risueña; no tengo ni un solo recuerdo suyo en el que se estuviera quieta.
Aquellas tardes de invierno fueron siendo más amenas mientras el tiempo se me escapaba de entre las manos. Despertaba y en seguida llegaba la noche, como si de un segundo se trataran mis días, como si todas esas nuevas experiencias viajaran a la velocidad de la luz. Y, aun así, me acuerdo de cada una de ellas.
Las mañanas se volvieron rutinarias pero no había día alguno en el que algo, por muy pequeño que fuera, cambiara. El beso de la monja que todos los días nos esperaba en la puerta, cada vez tenía una forma, un sentimiento, un sonido diferente; las palabras de Josefa se volvían cada vez más cálidas junto a su sonrisa y no pasó mucho tiempo hasta que ella empezó a cogerme cariño; en las tardes frías Gemma se venía a mi casa a ver una película aunque siempre acabábamos haciendo alguna que otra trastada.
Las primeras vacaciones llegaron junto con la primera llegada de los Reyes Magos. Despertarme en esa enorme cama y buscar el árbol de navidad entre todos los regalos, algunos, eran incluso más grandes que yo. Esa sensación tan grande y placentera, cuando pensaba que esos regalos eran la prueba perfecta de que la magia existía y sin embargo solo demostraban mi ingenuidad.
Todos notaron que yo ya estaba despierta y, entre envolturas de regalos me di cuenta de que un objetivo me grababa mientras aquel al que tanto admiraba sonreía y yo, sin darme cuenta de lo que eso significaría, no apreciaba ese gesto; pensaba que era como otro cualquiera y volvía a mi mundo de magia mientras disfrutaba de todos aquellos juguetes.
Lógicamente, las vacaciones no duraron para siempre, volvíamos otra vez a aquella semirutina. También llegaron las tardes templadas con la compañía de Víctor, Carlos, Anabel y Gemma. Cuatro grandes amigos con los que disfrutar de mi niñez.
Víctor era un chico muy intranquilo, hiperactivo, decían, no paraba quieto en ningún momento, además de eso era un tanto caprichoso aunque yo nunca le mostré que en realidad pensaba esto de él. Respecto a su físico, lucía unas extrañas gafas redondas, su piel era la más blanca que había visto hasta el momento, ésta contrastaba con un pelo castaño claro y ojos marrón oscuro.
Carlos, un niño que aparentaba mucha normalidad y tranquilidad, todo lo contrario a Víctor. Nunca me llegó a gustar su pelo tazón y negro; pero, aquellos ojos marrones y verdes encandilaron mi alma. No entendía ese sentimiento que afloraba en mi pecho,¡ era tan raro!
No me acuerdo de como Anabel llegó a nuestro grupo ya que no iba a nuestra clase pero lo que importaba es que ella se encontraba entre nosotros, esa chica satisfecha con su vida, la alegría desbordaba por su blanquecina sonrisa mientras se reflejaba en su verdosa mirada.
Los cinco juntos pasábamos las tardes en el parque, al lado de mi casa, solo había que cruzar una carretera para ser feliz y jugar con ellos. En aquel momento ese parque me resultaba gigantesco, quizá fuera por mi baja estatura pero me parecía un gran enigma cada rincón que se escondía en el horizonte.
Y así con ese tradicional discurso de las semanas llegó el verano y la hora de mi partida hacia el pueblo, aquel lugar en el que tan a gusto me sentía. En contacto con la naturaleza, el aire puro, el olor a humo que salía de las chimeneas, el sonido de los animales, la sensación de frío y calor que se sumergían en mi piel. Los días junto a mi abuelo, observando como trabajaba en la huerta de nuestra casa mientras alguna que otra vez me lavaba una zanahoria recién cogida del huerto. Las mujeres que pasaban y alagaban al ver el verdor de nuestra casa y como la nieta ayudaba al abuelo.
Nunca llegué a contar esto, pero un mediodía en el que me apetecía hacer alguna que otra travesura, acabé con la cabeza atrapada entre los barrotes de la terraza. Esos barrotes negros que me aprisionaban, la sensación de quedarse atascada sin poder quejarme porque si gritaba estaba segura de que me castigarían mas no tardaron en darse cuenta de que muy callada estaba. No se cómo lo hicieron, pero acabaron salvando mi cabeza.
Aquella casa siempre me trajo muchos problemas, pusieron una puerta al lado de las escaleras de la terraza para que tampoco me cayera. La casa, en aquellos tiempos, era muy simple; vestía una pared de gotelé blanca, la puerta era marrón, a juego con las escaleras exteriores. Tenía dos plantas: la nave y la casa donde disfrutábamos del verano.
Y junto con esa vivienda, el olor a aire fresco, las mujeres que no paraban de alabar entre mentiras y elogios lo mona que era, la imagen de mi abuelo trabajando la tierra, la sensación de extrañar a mis padres sin poder verles durante todas las vacaciones de verano y una sonrisa de oreja a oreja, acababa el primer año de vida 



Comentarios
jorgerivi - hace más de 12 años
Liss, me encanta el primer capítulo. Espero que subas mas *//*
lissie - hace más de 12 años
Con todo esto de los exámenes me cuesta encontrar un ratito para escribir. Pero intentaré subir muchos más :3
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