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El blog de lissie

Lloviendo y con gafas de sol. Capítulo 2

Publicado por lissie el 24/02/2014 · Categorías: Creación

El verano se desprendió de Agosto y mi alma volvió a dejarse llevar por la marea de gente que inundaba la ciudad en la que crecí; una vez más. Los días se tornaron fríos y llegó la hora de vestir bufanda, botas de goma y chamarra. Odiaba tener que abrigarme, todas esas telas recubriendo mi cuerpo me resultaban incómodas. La chamarra apenas me dejaba mover los brazos, la bufanda tapaba mi vista y lo único bueno que veía eran las botas de goma ya que con ellas podía jugar en los charcos cuando mi abuela torcía la vista hacia otro sitio que no fuera mi persona.

A pesar de todas aquellas incomodidades yo estaba contenta de poder volver a estar con Gemma y jugar junto a ella; su compañía me traía tranquilidad además de algún que otro berrinche cuando me picaba diciendo que ella era mejor que yo en cualquier cosa. No recuerdo si esas palabras que salían de su boca eran verdad o mentira, pero a mí no me importaba con tal de tener a alguien a mi lado con quien desperdiciar el tiempo fuera entre lágrimas o entre risas.

Los días de colegio se volvieron igual de rutinarios que siempre, como las tardes en las que me esperaba esa puerta gris y gigantesca del portal. Después de subir cuatro escalones, mi abuela abría la puerta de mi casa, pues vivíamos en un bajo, y al entrar a casa lo primero que veía era la imagen de mi abuelo cortando telas en una enorme mesa. Un señor mayor, bajito y regordete, con el pelo recubierto de canas y la mirada llena de ilusión y juventud, hacía patrones y luego les plasmaba en la tela para conseguir como resultado un uniforme militar que vender por unas cuantas pesetas. Después de observar esa imagen, comía un bocadillo en la cocina y, seguidamente,  me ponía a dibujar debajo de la mesa en la que mi abuelo trabajaba. Así pasé casi todas las tardes de mi infancia, mientras él confeccionaba patrones a la vez que mi abuela cosía en una silla de madera. Recuerdo que mi pequeño y guerrero espíritu odiaba los baños así que, cuando llegaba la hora de bañarme, también usaba esa mesa a modo de escondite y entonces era cuando mi abuelo se agachaba, me asustaba y me llevaba con mi abuela para que me bañara.

Cuando llegaba la noche y mis abuelos aún seguían trabajando, yo me sentaba en la ventana, agarrando los barrotes y colgando mis pies hacia la calle con la pequeña esperanza de que llegara el día en el que mi madre entrara por la puerta antes de que yo me fuera a la cama, pero eso nunca ocurría. Cuando el reloj marcaba las nueve y media, unos brazos rodeaban mi pequeño cuerpo, me separaban de esa esperanza, de la imagen de un autobús lleno de gente en el que solo un rostro me resultaba conocido. Esos brazos me alejaban de la ventana poco a poco y mis oídos empezaban a disfrutar de una nana mientras mi cuerpo se agitaba al ritmo en el que ella se movía. Entonces, abría los ojos y la miraba, una señora mayor con el pelo muy corto y rubio, su cara poseía unos mofletes regordetes y rojos. De su boca se escapaban notas musicales que adormecían mi ser a la vez que el movimiento de su cuerpo me tranquilizaba. Y cuando la letra de la canción decía “ella cerraba un ojo y después el otro”, yo lo hacía simulando que me quedaba dormida. Más tarde mi abuela me acostaba en la cama con la promesa de que volvería para dormir a mi lado y, cuando por fin se iba, yo esperaba impaciente el sonido de las llaves abriendo la puerta y la voz de mi madre saludando a sus padres. Después de eso, yo dormía tranquila.

Ese pequeño taller situado en lo que ahora es el comedor de mi casa, fue una de las habitaciones que más recuerdos encierra de mi infancia, pero también tuvo gran importancia el parque de al lado de mi casa ya que allí compartí algunas tardes con mis amigos del colegio y con otros nuevos. Por esa época yo era una niña muy social, una niña que quería hablar y conocer a todo el mundo, aprender nuevas cosas de los demás.

Al lado de este parque, y también de mi casa, había una peluquería en la que me cortaron el pelo. Al principio la idea no me pareció mala, ya que solo había intención de cortar las puntas, pero cuando esta acción finalizó me arrepentí de haber cedido.

Miré al espejo con la esperanza de no notar ningún cambio, sin embargo, ese pelo castaño y largo había desaparecido y se había convertido en una corta melena que apenas se apreciaba. ¿Dónde está? Me preguntaba. Pisando aquel cabello que un día lució bellamente contra el pelo, me puse en pie y quise volver a casa.

El día siguiente a cortarme al pelo no fue nada bueno a pesar de que Gemma intentó animarme. Los niños en el parque se creían que era un chico, cosa que no me gustaba nada; siempre le di mucha importancia al pelo, quizá fue por esto.

Ese día también fue la primera vez que me castigaron en el colegio por desobedecer e ir a ver a otra profesora. Normalmente, los demás niños no se ponen tristes cuando les castigan, pero yo sí que lo hacía ya que desde un principio mi abuela me metió miedo diciendo que si me portaba mal iría al infierno.

Recuerdo ese castigo como si estuviera pasando ahora mismo. La profesora, Conchita era  una señora de mediana edad con una verruga en la barbilla y de mal humor día sí y día también, aunque es comprensible ya que acababa de perder a su marido y a su hijo en un accidente de tráfico. Debido a su malhumorado carácter me castigó llevándome a otra clase durante unos cuantos minutos. Yo me puse en una esquina de esa clase mientras los alumnos de ese curso corrían alrededor de esa aula entonces, un chico me preguntó que por qué estaba tan triste que no pasaba nada. Yo no le contesté y, aun así, el siguió intentando animarme hasta que me fui.

Otra vez de vuelta a casa, a la misma mesa, la misma merienda, la misma bañera. Otra vez volvía a aferrarme a aquellos barrotes que me separaban de mi madre con la ilusión de verla, pero nunca lo conseguía.

Algunas tardes eran diferentes, llegaba a casa cansada y triste por las burlas que los niños me hacían al llamarme chico. Entonces era cuando me miraba al espejo de la sastrería de mi abuelo y me ponía a cantar hasta quedarme sin voz. Siempre que estaba triste cantaba, eso es una de las pocas cosas que no han cambiado. Después de cantar me volvía a mirar delante del espejo y desfilaba como una supermodelo soñando que algún día dejaría de ser bajita, que crecería, e imaginaba como se verían las cosas desde una posición un poco más alta. También imaginaba cómo sería de mayor, creía que sería alta, guapa y delgada, y ponía fe en que la pasarela me esperaría. Mi familia me ilusionaba con eso, pero más tarde me di cuenta de que la vida no era así y dejé de darle importancia al físico de las personas, mas tenía cuatro años y todas las niñas de esa edad sueñan con ser las más guapas del mundo.

Había otras tardes en las que mi tío abuelo, Leo, venía a buscarme a casa con un regalo en la mano y me llevaba a pasear al parque. Allí, en un lago bastante grande, le tirábamos pan duro a los patos. Era una cosa que me gustaba mucho, disfrutar de ese tiempo junto a Leo, mientras yo tiraba pan a esos animales y le sonreía. Antes de que empezara a anochecer, dábamos una última vuelta por el parque y él cogía una rama y me hacía una cacha para que me apoyara. Me gustaba mucho andar con cachas porque me identificaba con la gente del pueblo.

Hablar de Leo resulta doloroso ya que un día, mientras paseábamos junto a su esposa, se desmayó en un paso de peatones y acabó ingresado en el hospital hasta el día de su fallecimiento. Hasta entonces yo desconocía que él estaba enfermo y que le quedaban pocos días.

Cuando pasó tal desgracia yo no fui consciente de lo que había sucedido. Preguntaba cada dos por tres por él y mi abuela me decía lo típico, que ahora él estaba en el cielo. Yo seguía sin entender eso que los adultos me decían día tras día, yo quería verle y poder observar una de sus sonrisas. ¿Por qué no podía?

Él fue la persona que más me ha querido en este mundo y se fue muy rápido de mi vida. Cuando pasó el tiempo lo comprendí todo, fue la única pérdida por la que he llorado. A partir de aquellos días tan oscuros, siempre que iba en el coche con mi padre y anochecía, miraba al cielo y pensaba que esa estrella que tanto brillaba era él porque, como bien había dicho mi abuela, ahora descansaba en el cielo.

Este año me di cuenta de que cuando tu esencia, ese vacío que vas llenando con cada paso que das en la vida, no sólo se puede atiborrar a buenas sensaciones sino que, junto a las personas más importantes en tu vida, también llega el dolor, la preocupación y, sobre todo, la decepción. Aprendí que las mejores personas tardan en llegar y que se van pronto, pero que también llegan otras nuevas.

Volvió la primavera junto con la manga corta y las amistades se convirtieron en unas lágrimas anticipadas a lo que luego sería un llanto incesante. Pues los niños no dejaban de meterse conmigo y hasta mis amigos se burlaban de mi ser. Yo no entendía el por qué.

Esta primavera llegó encadenada a una pregunta cuya respuesta no entendería.

-Yo soy rica.¿Tú qué eres? ¿pobre o rica?- Salió de la boca de Gemma.

Una pregunta que no entendía. ¿Qué más da ser pobre o rico? ¿Qué significa? ¿Qué valor en la vida tiene eso?

-Mamá, ¿somos pobres o ricos?- pregunté sin ningún reparo mientras mi abuela se escandalizaba al oír que esa pregunta salía de mi boca.

-¿Tienes la nevera llena?-preguntó.

-Sí.

-Pues ahí tienes la respuesta.

En ese momento no lo entendí, ¿qué tenía que ver la comida con este tema?  Mas ahora lo entiendo todo. Las personas, aquellos humanos que tienen la capacidad de razonar, deberían de darse cuenta de que nadie es rico ni pobre, todos somos iguales por mucho o por muy poco dinero que tengamos pues lo que alimenta la felicidad de una persona, su bienestar, no es el dinero sino la felicidad. Ese sentimiento que va unido a la grata compañía de la familia, las sonrisas que te sabe sacar un buen amigo en los malos y en los buenos momentos, compartir las alegrías y superar las penas, lo gratificante que es esa sensación cuando ayudas a alguien y consigues que sonría; entonces, yo soy rica. Rica de espíritu.

Esa reflexión determinó el fin de ese año, junto con una quemadura que me hice en el huerto del pueblo, en verano, A pesar de que mi abuelo dijo que no entrara en el invernadero yo entré y me quemé. Siempre fui igual de tozuda que él. Viene a mi cabeza la imagen suya llevándome en brazos por las escaleras de la terraza mientras mi abuela cortaba una patata para ponérmela en la quemadura.

Eso es lo último que recuerdo de aquel preciado verano.

 

 

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Comentarios

  1. jorgerivi

    jorgerivi - hace más de 11 años

    Oh, dios, me emociona la novela. *//* Sigue así :DD

  2. partyflipa

    partyflipa - hace más de 11 años

    Qué chulo. Lo tenía pendiente de leer. Me sorprende cómo te fijas, observas y mimas en los detalles. Ah, oye, he pensado que quizá esto te pueda interesar: https://www.cibercorresponsales.org/perfiles/dmartin/blogs/%C2%BFte-gusta-leer-%C2%A1vente-a-festibook ¿Te apetece venir?

  3. lissie

    lissie - hace más de 11 años

    ¡Ay!! Siiii!!! Mientras no me pillen esas fechas con exámenes cuenta conmigo! :)))))

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