Flechas oscuras (Parte 2)
Hola de nuevo! Siento mi ausencia, pero he estado bastante ocupada entre vacaciones y demás. En vista de que la primera parte de Flechas Oscuras gustó y parecía tener mucho juego he decidido escribir más sobre ella. Algún día os traeré el principio!! Mientras tanto, que lo disfrutéis! :)
Tras el derrumbe emocional que se había apoderado de su cuerpo y de su mente se encontró a sí mismo de rodillas en el suelo, con las manos lánguidas formando un cuenco entretejido por sus dedos, cabizbajo y con la mirada borrosa por las escasas lágrimas que se arremolinaban en sus ojos. Recobró el control de su cuerpo, que se negaba a obedecerle tras el largo rato que había pasado sin moverse de nuevo, y se frotó la cara con las manos, librándose así de las pesadas gotas que le enturbiaban la vista. Parpadeó para adecuarse a la claridad con la que empezaba a despuntar el nuevo día y se puso en pie de forma trabajosa. Suspiró y estiró los aletargados músculos de su espalda y brazos, obligándose así a comenzar con lo que se había convertido en su rutina diaria desde hacía unos ciclos.
Apagó a pisotones la hoguera que le había mantenido caliente durante la fría noche que ahora se disipaba, aunque debido a las bajas temperaturas que se conservaban a su vez durante el día, la posibilidad de un incendio habría resultado remota. Se agachó para recoger su arco, que yacía inerte tras su reciente uso, y cogió las flechas que descansaban un poco más allá. Cuando lo amontonó todo se levantó, apartando un mechón castaño rebelde que cruzaba por su frente y le hacía cosquillas en la nariz; metió las flechas en el gastado carcaj de cuero que llevaba atado a la cintura y se pasó el arco por su hombro, dejándolo encajado entre sus dos omoplatos. Acto seguido cogió su zurrón, en el que guardaba poco más que una camisa de lino, una muda limpia, un poco de pan duro, y un trozo de queso que compró hacía ya muchos días; y se lo colgó en el hombro izquierdo. Miró en derredor, cerciorándose de que no se dejaba nada, y echó a caminar por el bosque, creando un nuevo camino entre la maleza allá por donde pisaba.
La pesadumbre le acosaba a cada paso que daba. “¿Por qué tengo que hacer esto?”, se preguntaba continuamente. Pero ya sabía la respuesta: porque su vida corría el riesgo de ser arrebatada por el tirano que hacía años se creía dueño de ella, salvo que llevase a cabo las cruentas acciones que éste le pedía. Por si esa presión no fuese suficiente, su lúgubre pasado le atormentaba cada día y cada noche en forma de pesadillas que le atenazaban y le sumían en un mar de lágrimas.
Apartó esos pensamientos de su mente y se centró en el bosque que le rodeaba, que se volvía cada vez más denso. Según tenía entendido, si continuaba caminando en esa dirección llegaría pronto a Tempero, la región en la que debía llevar a cabo su misión. Le habían dado un máximo de tres ciclos lunares para cumplirla, y ya llevaba aproximadamente un ciclo y algo más de camino; por lo que pensó, a regañadientes, que le daría tiempo a terminarla.
Siguió caminando por el bosque sin hacer apenas ruido, puesto que tantos años al servicio de su captor le habían llevado a conocer todas las zonas frondosas de la zona y cómo desenvolverse en ellas. Las ramas amagaban con crujir a su paso, pero sus hábiles pies las esquivaban como si de agujeros en el suelo se tratasen.
Repentinamente comenzó a llegar a sus oídos un débil ruido, como si alguien fuese corriendo por el bosque de forma apresurada y, a consecuencia, descuidada. Su cuerpo entró en estado de alerta y su mente empezó a elucubrar un plan de huida, a la par que sus ojos buscaban un lugar en el que poder esconderse. Se toparon con un árbol cercano de ramas bajas que ascendían en escalera hasta la copa del mismo, cubierto de hojas teñidas con los colores del otoño con las que su traje naranja podría pasar desapercibido. Voló sobre el suelo forrado por un manto de tonalidades marrones y se aferró al húmedo tronco del árbol. Cuando el ruido se volvió entonces más atronador, él ya se había encarado a una rama a unos cuatro metros de altura desde la que podía observar todo lo que ocurría bajo sus pies sin ser visto.
De pronto vio cómo alguien se adentraba corriendo en el pequeño claro en el que instantes antes estaba él, caminando tranquilamente hasta que su tranquilidad se vio rota. Era una chica joven, de unos 17 años, que iba vestida con unos ropajes que delataba su alta alcurnia. Tenía el pelo color rojizo y le caía sobre los hombros ondeando de forma sinuosa. Desde la altura a la que se encontraba pudo ver cómo temblaba, nerviosa, cuando se detuvo cerca de un tronco tumbado en el suelo para recuperar la respiración. Se llevó una mano al pecho, que se agitaba ferozmente por la falta de aire, y con la otra se secó unas lágrimas que surcaban sus rosadas mejillas. El chico estaba petrificado por la curiosidad y la atención que le estaba prestando a la recién llegada, que ahora parecía mirar a su alrededor histérica, como buscando algo o a alguien.
-¿Ekai…? –susurró de forma audible.
El chico creyó haberla escuchado mal, puesto que ese nombre le era más que familiar, a la par que la presencia de la joven.
-¡Ekai! –ahora el susurro se convirtió en una sarta de gritos angustiados.- ¡¡Ekai!! ¿Dónde estás?
El arquero comprendió la situación y se deslizó por el tronco hasta que sus pies tocaron nuevamente el suelo, agradecidos por volver a tener circulación. La muchacha se quedó muda observando al joven que acababa de caer de un árbol frente a sus narices. Se acercó, quedándose a pocos pasos de la chica, que clavaba su lacrimosa mirada castaña en la aceitunada e incrédula de él.
-¿Noya? –preguntó vacilante.
-¿Ekai? ¿Eres tú?
El joven asintió y Noya saltó sobre sus brazos, pillando a un Ekai desprevenido que pronto se recuperó y le devolvió el tierno gesto. Ambos se fundieron en un abrazo, el abrazo dulce y cálido de dos hermanos huérfanos que se reencuentran tras años separados.



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