Flechas oscuras
Estaba sentado solo, con la única compañía que su desgastado arco le brindaba. Tenía la cabeza gacha con la frente apoyada sobre sus brazos, que descansaban inertes sobre sus rodillas. Si alguien hubiese pasado cerca de él en esos instantes su inverosímil quietud, el traje color naranja pálido ceñido con unas correas de cuero que cubría su cuerpo y la densa oscuridad con la que noche cubría aquel bosqu e apartado de la civilización habrían impedido atisbar su mera presencia, salvo por el fuego que se afanaba en calentar un poco su entumecido cuerpo en aquella gélida noche de otoño.
A pesar de que estaba agarrotado por el cansancio acumulado durante el día y por el frío que se empeñaba en colarse en su interior, su cabeza permanecía bulliciosa, volando de un pensamiento a otro a una velocidad vertiginosa. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿Cuándo volvería? ¿Qué iba a pasar a partir de aquel momento? “Demasiadas preguntas y ninguna con respuesta”, pensó. El tiempo le daría a conocer las soluciones que necesitaba, y traería consigo a otras muchas cuestiones de las que tardaría en librarse.
Lentamente levantó la cabeza, apoyando ahora la nariz sobre sus brazos. El crepitar del fuego llamó su atención, sumiéndole en un estado de sosiego que consiguió parar al tiempo a su alrededor. Trató en vano dejar la mente en blanco, cerrando los ojos y apretando los párpados has ta que le escocieron los ojos. Los abrió y suspiró. Giró la cabeza y reparó entonces en su desgastado arco, que yacía inmóvil cerca de él. Se desperezó, haciendo que su cuerpo se quejara debido al glacial reposo al que se había visto sometido, y cogió el cuerpo de madera con la mayor suavidad que sus callosas y doloridas manos le permitieron. Acarició con mimo la empuñadura de madera cubierta de arañazos debido al uso que le había dado a lo largo de los muchos años que lo había poseído. Clavó la mirada en la cuerda de crin, ahora destrenzada, y entretejió alguna de las hebras que se habían soltado. Aquel ritual le mantuvo ausente durante un largo rato en el que su arco se convirtió en su pequeño mundo.
De pronto algo atrajo su atención. Se quedó inmóvil, pues si su mente seguía lúcida, acababa de escuchar el sonido de una pisada sobre las hojas secas que cubrían los alrededores de donde él se había instalado. No levantó la cabeza, por supuesto; ya que eso revelaría su estado de alerta y supondría el ataque de su contrincante. En su lugar dejó el arco sobre sus piernas, dobladas al estilo indio, y cogió despreocupadamente una flecha, fingiendo que revisaba el estado de las plumas y la punta de la misma. Deslizó la saeta por sus manos, haciendo que la madera emitiera un débil sonido con el roce de su áspera piel y que las plumas se alborotasen.
Se puso en pie, cargando el arco con una parsimonia angustiosa. Hizo algún ademán de tensar la cuerda, todo ello para que su adversario no intuyese su intención de acabar con su vida. Tensó el arco y se llevó la cuerda a los labios, rozándola la punta de la nariz. Soltó una flecha que rompió el silencio que allí gobernaba, que se clavó en un árbol cercano, y volvió a cargar el arco. Una. Dos. Tres veces disparó a los árboles, disuadiendo a su rival que seguía oculto entre las sombras. Pero sería la cuarta flecha la que revelaría la posición del contrario que, con cada disparo, se iba asomando poco a poco hasta casi dejarse ver. Un error que con un disparo certero le costaría la vida.
Tensó la cuerda de nuevo, depositando un tenue beso sobre la misma, y apuntó a otro árbol. Pero no disparó. Se mantuvo en esa posición el tiempo que sus cansado músculos le permitieron hasta que en un abrir y cerrar de ojos, dirigió su arco hacia el punto que consideraba acertado y relajó los dedos, facilitando la rápida salida de una flecha que se hundió en la penumbra. Acto seguido se escuchó un grito ahogado y el sonido de algo pesado desplomándose.
Bajando el arco, el muchacho suspiró cansado, y se sintió de pronto como si estuviera atrapado en el cuerpo de un viejo hecho polvo por el paso de los años. Dejando el arco apartado se sentó como estaba inicialmente, con la cabeza en sus brazos sobre las rodillas flexionadas. El silencio se a poderó de nuevo de aquel rincón en el que únicamente se oían el crepitar del fuego y los débiles gemidos de alguien cuyo cuerpo y mente se ven apresados por la impotencia, arrojando lágrimas amargas que el suelo de barro absorbía borrando toda huella de aquella escena.

PD.: ¡Hola! Me ha parecido que este relato tiene mucho juego, por lo que no descarto subir continuaciones u otras partes sobre el mismo. ¿Qué os parecería?



Comentarios
partysummer - hace más de 9 años
Qué buena descripción del momento. Felicidades!!!
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