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Mi trocito de mundo

La ventana

Publicado por catnip_ el 06/07/2016 · Categorías: Pensamientos, Donde vivo, Creación

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Cada día esperaba esa hora con un entusiasmo contenido del que nadie más era consciente. A pesar de que su día hubiese sido cuanto menos terrible, aguardaba ilusionado como un niño pequeño al que se le concede un capricho a que llegara ese momento del día. El momento en el que llegaba a ver a Sara, aquella vecina con la que hablaba durante horas cuando llegaba el anochecer, pues sus ventanas una enfrente de la otra facilitaba la comunicación entre ambos niños, que por aquel entonces tenían la corta edad de 10 años.

Cada noche, cuando le mandaban irse a la cama, cerraba la puerta de su pequeña habitación y recuperaba la emoción que había ocultado bajo una cara larga fingida ante sus padres, puesto que no quería que descubrieran a su amiga (pese a que sospechaba que ya sabían algo). Acto seguido abría la ventana de par en par, retiraba la contraventana y se asomaba. Muchas veces Sara ya estaba allí, mirando el cielo pensativa enroscando entre sus dedos un mechón color miel. Cuando oía el chirrido de las contraventanas vecinas abriéndose, clavaba su mirada celeste en los castaños ojos del chico y sonreía de una manera tan deslumbrante que las estrellas, que eran testigos de sus charlas, parecían brillar con menos fulgor que de costumbre. O eso le parecía a Pablo.

Sus conversaciones no trataban temas que los adultos de su entorno hubieran considerado importantes, pero para ellos eran mucho más que unas simples charlas para pasar el rato. Hablaban sobre el colegio, qué habían hecho ese día, qué habían comido… Pero a medida que la noche avanzaba, los niños tocaban temas más propios de adultos que de chiquillos de su edad. Se contaban sus sueños, sus miedos y sus problemas; llorando y riendo juntos cuando la situación lo requería, e insuflándose ánimos con palabras dulces.

Un día decidieron quedar pese a que Sara se mostraba un tanto esquiva ante esa idea, pero la incansable insistencia de Pablo finalmente la convenció. Así que eso hicieron: quedaron al día siguiente en la puerta de su portal. Pablo estaba más nervioso que nunca, y sintió su corazón desbocado cuando Sara abrió la puerta y salió junto a él, a la vez que le dedicaba un suave saludo. Caminaron por las calles del pueblo, sin casi decirse nada. El chico trataba de entablar conversación, pero la joven respondía con monosílabos insípidos. Acabaron sentándose en un banco cercano a la sombra, junto a sus apartamentos, puesto que el calor del verano se hacía notar e incrementaba la angustia de Pablo. La tarde transcurrió en un silencio atronador, y terminó cuando Sara dijo su máximo de palabras aquel día.

-Deberíamos irnos ya, está oscureciendo. –dijo con voz falta de sentimientos.

-Vale. –respondió Pablo, levantándose con el cuerpo y el corazón entumecidos.

Aquella noche el niño se asomó a la ventana, deseoso de preguntarle a su amiga el porqué de su seriedad esa tarde. Pero la niña no apareció. Pablo observaba la contraventana de Sara, iluminada por un farol cercano, y siguió esperando hasta bien entrada la noche. Por fin cesó en su espera y, cansado, se tumbó boca arriba en su cama, con la sensación de tener una losa sobre el pecho. ¿Qué le pasaba a su amiga?

Al día siguiente Pablo se encontró a sí mismo asomándose de vez en cuando por la ventana, pero no vio a la niña en ninguna de las ocasiones. Esperó por la noche, pero no vio ni rastro de ella. Tampoco apareció al siguiente anochecer, ni días más tarde, ni tan siquiera pasados unos meses. Derrotado y levemente indiferente tras los largos ratos esperando sin respuesta alguna, el niño (que ya creció y se sumió en la adolescencia) dejó de asomarse por la ventana. En su lugar, cada noche se iba a su habitación y se acostaba en la cama, sin mirar ni de reojo los sucios cristales que le separaban del exterior y del amor de su niñez.

Fue años más tarde, cuando Pablo rondaba los 16, cuando una noche se despertó sobresaltado. Aún medio dormido aguzó el oído, y oyó los débiles sollozos que se habían entremezclado con sus sueños, despertándole. Se levantó y buscó la fuente de tan lastimero sonido, que resultó provenir de fuera. Se acercó a la ventana y repitió el gesto que tantas veces hizo de niño, abriendo la ventana y retirando las contraventanas.

-¿Sara…? –susurró. Cuando las abrió vio cómo la niña con la que había compartido tantos momentos era ahora una atractiva joven que ahora, bajo la luz de las estrellas que tanto habían presenciado, descargaba un torrente de lágrimas por sus ojos llenos de luz.

-Pablo… -dijo ella, mirándole y esbozando una tenue sonrisa, que contrastaba sobremanera con sus ojos llorosos.- Sácame de aquí.

Esa noche repitieron el paseo que hicieron años atrás, pero esta vez el silencio no era incómodo y sobrio, si no que expresaba todo lo que había ocurrido durante tantos años de mutismo entre ambos. Volvieron al banco, ambos sonriendo y gastándose bromas en voz baja para no despertar al pueblo que dormía a sus alrededores, y una vez más las estrellas presenciaron cómo al mirarse a los ojos los dos jóvenes se embriagaron del amor que habían contenido con el paso de los años, que afianzaron con un lento y tierno beso bajo la luz de la luna.

 

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Comentarios

  1. spidrmancoy

    spidrmancoy - hace más de 9 años

    Me encanta la expresividad con la que narras y describes. Espero ansioso tu próximo post.

  2. catnip_

    catnip_ - hace más de 9 años

    Muchas gracias!! Intentaré subir otro nuevo dentro de poco :)

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