La teoría del dragón dormido IV.
Llego a casa y vuelven los gritos y las peleas. Me pongo los cascos y me dirijo a mi habitación sin decir nada. Me tumbo en la cama y descanso la espalda. Otro año más en un lugar nuevo en el que no conozco a nadie ni quiero, siempre que me encariño con un lugar y consigo un "grupo de amigos" nos mudamos.
Estudié primaria en San Sebastián de los Reyes, en mi primer año de instituto me alejaron de lo conocido para abandonarme a mi suerte en un lugar desconocido y cruel, y cuando pensé que me quedaría allí hasta terminar la ESO, pum... Me mandan a Manzanares con un montón de niños pijos que lo único que hacían era drogarse y reírse de los demás. Cuando se largó ese grupúsculo de clones hice un pequeño grupo de amigos... Me volvieron a cambiar... Y aquí estoy de nuevo.
Tras apartar esos recuerdos de mi cabeza me doy cuenta de que ya han pasado dos horas. Sigo sin hambre así que salgo a la terraza a fumar. El viento agita unos pequeños mechones que caen sobre mis cejas y aspiro el humo que me lleva lejos. Huele a humedad, así que inspiro con ganas para impregnar mis pulmones de aire puro, lo único puro que hay en mí.
Bajé la mirada y ahí estaba, riendo, despreocupada e inocente. Sentí que el corazón me daba un vuelco, el estómago se cerró de pronto y sólo tenía ganas de hablar con ella sin tartamudear...



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